lunes, 16 de julio de 2018

Hoy cumplo


hoy cumplo 47 años
no sé qué más decir

la vida me ha tratado bien
tengo una familia entrañable
y buenos amigos

aparte de eso
no poseo gran cosa
(ni falta que hace)

mientras escribo
mi hijo se acerca
y me abraza por la espalda

y con su abrazo
todo lo que me rodea
me abraza también

formamos parte de todo y
todo forma parte de nosotros

¡felicidades hijo!
¡felicidades esperanza!
¡felicidades gatos!
¡felicidades plantas!
¡felicidades lector!

E.

viernes, 13 de julio de 2018

Extrañas horas


He descubierto que la mayoría de los encantos
del viaje se deben
a las extrañas horas que dedicamos a verlo

Wiliam Carlos Wiliams

y yo jugaba con una palabra
frente al horizonte abigarrado de luz

y me decía a mi mismo
después de leer a Wiliam Carlos Wiliams
en un café del Silicon Alley de Madrid

si la poesía volviera a mi
esta mañana soleada

si los caminos cerrados se abrieran
y la luz del cielo bajara
otra vez al corazón de la tierra
con pasos pequeñitos
como de gorrión tras la ventana

y no dejaba de darle vueltas
a aquella palabra moteada
que minutos antes no existía
hasta que el cielo se encendió frente a mis ojos

y la palabra salió volando de pronto
como un gorrión tras la ventana

y yo no pude hacer otra cosa
sino quedarme mirando el horizonte

E.

lunes, 9 de julio de 2018

Un poema de Miguel Barnet

LOS VISITANTES

Vienen rodeando la casa,
atravesando el patio,
los muros altos donde las nubes
graznan como las garzas en invierno

Llegan al corredor
y se desvelan un poco por el olor a vino

Después entran en los cuartos,
se inclinan, gimen, visten el traje de Ricardo,
el antifaz,
de nuevo se deslizan hacia la misma noche,
de nuevo caen
con las manos unidas,
imitan el ruido de las abejas,
el graznido de invierno,
imitan el grito de pavor, de oscuridad, de nada

Vienen rodeando la casa
y parecen estar alegres,
parecen ejercer la plenitud de la sala vacía,
parecen estar vivos,
que es lo peor de todo

MIGUEL BARNET

lunes, 2 de julio de 2018

Mi trabajo, de Rymond Carver

MI TRABAJO

Levanto la vista y los veo acercarse
por la playa. El hombre joven
lleva al bebé en una mochila.
Esto le permite tener las manos libres,
así puede coger con una la de su mujer
y balancear la otra. Cualquiera se daría cuenta
de lo felices que son. Y la intimidad. Cuánta armonía.
Son más felices que nadie, y lo saben.
Se sienten agradecidos por ello, son humildes.
Caminan hasta el final de la playa
y desaparecen de mi vista. Eso es, me digo,
y vuelvo a esto que rige
mi vida. Pero a los pocos minutos

vuelven caminando por la playa.
Lo único distinto
es que se han cambiado de lado.
Ahora él va al otro lado de ella,
al lado del océano. Ella, de este lado.
Pero todavía van de la mano. Parecen incluso
más enamorados, si es posible. Y lo es.
Yo mismo paseé por ahí muchas veces.
El suyo es un paseo modesto, quince minutos
de ida y quince minutos de vuelta.
Han tenido que sortear a su paso
alguna roca y rodear enormes troncos,
moverse con rapidez cuando se acercaban con fuerza las olas.

Caminan tranquilamente, despacio, cogidos de la mano.
Saben que el agua es imprevisible,
pero son tan felices que la ignoran.
El amor en sus rostros jóvenes. Su encuadre.
Puede que dure siempre. Si tienen suerte,
si son buenos, y lúcidos. Y prudentes. Si siguen
amándose sin límite alguno.
Si son sinceros el uno con el otro, eso sobre todo.
Seguro que lo serán, desde luego, seguro que sí,
ellos saben que sí.
Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí.
Se alza una brisa del agua.

RAYMOND CARVER

miércoles, 27 de junio de 2018

Ondas de radio, de Raymond Carver

ONDAS DE RADIO

La lluvia ha cesado, y la luna ha salido.
No entiendo nada de las ondas de radio.
Pero creo que se transmiten mejor justo
después de llover, cuando el aire está húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottava, si quiero,
o Toronto. Últimamente, de noche, me sorprendo
ligeramente interesado por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es verdad. Pero normalmente
lo que buscaba era sus emisoras con música. Me siento
aquí en la butaca y escucho, sin tener nada que hacer,
o pensar. No tengo televisor, y dejé de leer
los periódicos. De noche pongo la radio.
Cuando escapé aquí trataba de alejarme
de todo. Especialmente de la literatura.
De lo que ella entraña, y de lo que trae a rastras.
Hay en el alma un deseo de no pensar.
De estar quieto. Emparejado con éste,
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una afable hija de puta
no siempre de fiar. Y olvidé eso.
Escuché cuando dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y nunca volverá que a lo que aún sigue
con nosotros y estará con nosotros mañana. O no.
Y si no, también está bien.
Tampoco importa demasiado, dijo, si un hombre nunca canta.
Esa es la voz que escuché.
¿Puede imaginarse que alguien piense cosas así?
¡Qué absurdo!
Pero tengo estas estúpidas ideas de noche
cuando me siento en la butaca y oigo la radio.
Entonces, Machado, ¡su poesía!
Era como un hombrecillo mayor que se vuelve
a enamorar. Una cosa digna de observar,
y embarazoso, además.
Y llevo tu libro a la cama conmigo
y me duermo con él a mano. Un tren pasó
en mis sueños una noche y me despertó.
Y lo primero que pensé, el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
Todo es perfecto, Machado está aqui.
Entonces me volví a dormir.
Hoy llevé tu libro conmigo cuando salí
a dar mi paseo. "¡Presta atención!" -decías,
cuando alguien preguntó qué hacer con su vida.
Conque miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol, en mi sitio
de junto al río desde donde puedo ver las montafias.
Y cerré los ojos y escuché el sonido
del agua. Luego los abrí y me puse a leer
«Abel Martín».
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, incluso cara a lo que sé de la muerte,
que recibirás el mensaje que pretendo enviarte.
Pero está bien aunque tú no lo recibas. Que duermas bien.
Descansa. Antes o después espero que nos veamos.
Y entonces yo podré decirte estas cosas directamente.

RAYMOND CARVER