martes, 12 de enero de 2010

Amaranto y rosa, de Ángela Vallvey

AMARANTO Y ROSA (AMOR NOBLE)

Ella es alta, rubia, tiene los ojos azules, moteados de manchas negras, como si acabaran de ser bombardeados.
Él la ama.
Ninguno de los dos cree en lo que dura, pero se someten a las pruebas de su amor de manera entregada, poco práctica, noble.
Ella es joven, lleva enferma mucho tiempo. Se hace la ilusión de que aún puede abandonarse al placer de los sentidos. La ilusión es enemiga de la experiencia.
Él la saca a pasear por el campo abarrotado de flores silvestres en su silla de ruedas. Es primavera y todo indica que aún se puede volver a vivir. La observa con una mirada ansiosa al pie de un muro de piedra, al fondo de un sendero de tierra lleno de cantos rodados que han dificultado su marcha hasta aquí.
A lo mejor debería darse a la bebida, piensa él, o matarla antes de verse obligado a contemplar cómo se muere.
Luego vacila.
-Hace un día espléndido –sacude la cabeza, se sienta en la maleza, bajo la sombra que ella y la silla de ruedas proyectan, se seca unas gotas de sudor que le recorren la frente.
-Creo que sí –dice ella. Sabe que morirá dentro de poco. ¿Se acabará el mundo entonces, cuando ella muera? Sí, ése será el fin del mundo, para ella no puede haber otro. Será el fin del amor, de todo lo demás.
Los ojos de él son unos redondeles de mica engastados frágilmente en su piel de muchacho. Están concentrados en el cielo en este momento. “Allí está todo –se dice-, todo debe estar en alguna parte y ése debería ser el sitio adecuado. Aunque no sé… Tal vez, al final, el cielo sea poca cosa. Poca cosa”.
No es ningún santo, ningún héroe, pero le duelen los males de ella. Cuando no esté, cuando tenga que debatirse con su ausencia, el mundo será un reino de nadie carente de objeto, de emociones.
Ella parece un fin inalcanzable. Está quieta, mirando al horizonte, cualquiera diría que está en paz. Cada instante es un suspiro fatigado que sale de su boca.
-¿Quieres algo? ¿Un poco de agua? –hace ademán de levantarse del suelo, en dirección a una cesta de mimbre que ha abandonado a unos metros de donde ellos están y que contiene la merienda, algunas bebidas guardadas entre hielo picado, servilletas de papel.
La mira igual que quien mira a solas un incendio lejano a través de una ventana.
A despecho de toda alegría, añade: “Te amo”.
-No, no tengo sed –responde ella-. Pero puedes besarme.
Él se levanta rápido. El sol caldea sus cuerpos. Llega hasta allí un aroma de helechos húmedos. Cerca del riachuelo hay varios castaños de Indias en flor.
-Te besaré. Te besaré siempre que tú quieras que te bese. Cuando tú quieras –dice él. Sus labios se estremecen al rozar los de ella.
¿Cómo aprovecharse de la enfermedad? ¿En qué orden? ¿O hay que dejarlo todo en sus manos?
Le ha hecho el amor muchas otras veces; con los ojos hinchados por las lágrimas es difícil conseguirlo para cualquiera, no así para él: la aflicción ya no es nueva entre sus manos, logra incluso hacerla gemir de felicidad, a ella, a la aflicción.
Extiende una manta de rayas rosas sobre un fondo amaranto en el suelo, tapando un rodal de hierba fresca. Le suelta el cabello, recogido en una trenza. Su pelo brilla bajo la luz de la mañana, está guardado en esa urna cineraria de oro que es el cosmos, que lo hace resplandecer. La coge en brazos, y la baja de la silla de ruedas, la deposita en el suelo, encima de la manta, le quita los zapatos poniendo mucho cuidado para no rozarle los talones.
Ella tiembla, todo su ser vibra y palpita, como si fuese a salir volando.
-Parezco una inválida. Deja que me divierta un poco –susurra, sonriendo débilmente, sin dejar de temblar, con los ojos trémulos de sombras-. Yo también te amo, lo sabes, ¿a que sí?
Él piensa que el cuerpo de ella es una máquina que seguirá temblando hasta que se le agoten las monedas que alguien debe de haberle echado dentro. Entonces, cuando llegue ese día, él la recogerá, ya inmóvil del todo, la volverá a depositar en otro sitio más frío donde no quepan las migajas de su deseo, estas caricias, su extraño don para tocarla y consolarla. Y luego se quedará mirándola embelesado –su cuerpo, el rescoldo de su amor-, mirándola y sin decir nada, con sus zapatos en la mano.

ÁNGELA VALLVEY