miércoles, 17 de febrero de 2010

Hablo de la muerte, de Leopoldo Lezama

HABLO DE LA MUERTE

Hablo de las sensibilidades poderosas
De la belleza construida con los materiales fuertes
Hablo de caminos nunca antes transitados
Hablo del sendero vibrante, del colosal arpegio
Hablo del trazo que ordena al alma dispersa, de la onda mayor
Del sistema sagrado, visible únicamente con los ojos cerrados
Hablo de la eternidad, de su vestido limpio ensuciado por el fango
Hablo del mar, de su madera noble, hablo de la música de los papeles blancos
Del desánimo que es una cascada de noche y del espíritu, que es un verso intermitente
Hablo de los olores de la piel cansada, del amor y de sus cuartos fríos
Hablo de la ilusión de los poetas que se pudren como alimentos secos, hablo
Del sol que se queda dormido como elefante viejo, hablo del centro, del origen
De las manos rasposas, del polvo que ensucia los pulmones y los vuelve gruta
Del que distraído teje el polvo y lo convierte en manto, del aroma oculto en la memoria
De los grandes dibujantes que trabajan desvelados, del sueño que quiere construir sus
Propios dioses, hablo de ventanas sin cristales por donde entra el brillo de estrellas
Diminutas, hablo de las posibilidades infinitas que la muerte ofrece en tierra firme
Hablo del abismo como una planta curativa, hablo de los bosques donde llegan a morir
Luciérnagas heridas, hablo de los gatos ciegos que chocan
contra muros y baldosas, hablo
Del cambio de color en los arbustos matutinos, hablo de la
muerte que se filtra y envenena
La materia de las flores, hablo de mover una mano, de no moverla,
de dar tres parpadeos
Para contener el infinito, aquel que nos lleva a la montaña donde ya no hay agua
Aquel que nos hace preguntar por qué yo y por qué aquí y porqué la tediosa
Sensación de estar despierto, hablo de que uno mira una puerta y se detiene,
hablo de entrar
Y no saber lo que habrá adentro, hablo de vivir en un lugar al que no se hubiera llegado
Respirando, hablo de la historia universal y de su memoria moribunda,
hablo de las juntas
Matutinas a donde van los muertos, hablo de los que se consumen
tratando de entender y
Duermen angustiados, de lo que no se dice y se fatiga y termina dejando un hueco que
Después no se distingue, de lo que se espera y de lo que nunca se halla
De lo que no es dable a los sentidos y de las playas con escasos visitantes
Hablo del aire que sube como si quisiera irse del mundo, hablo del aire
Que llega a sus límites y brinca la cornisa, de lo que nace y en seguida muere
Del azar que no revela nunca su secuencia, de los escalones blancos
Que en el sueño se evaporan, hablo de las fiestas del sueño, de las profecías de santos
Negros, del que olvida su rostro y el tono de su voz y el brillo de sus ojos grises
Del ruido permanente que no deja de zumbar en la vigilia, del que interrumpe
Con la mano el flujo de la luz y se pregunta, si el muro ha cambiado de color
Por que hay otro universo, hablo de lo que existe a pesar de ser confuso,
del que se habita
Confundido, de los edificios con los baños rotos y las paredes enlamadas
Hablo de los que se disocian a fuerza de rigor, de los que leen poesía
Y sueñan con desiertos, de los que gastan el tiempo en conjeturas, hablo de los pocos a
Quienes coquetea la maldición de lo posible, hablo del sentido evaporado
Que ha de detenerse en algún sitio, hablo del loco que vive en una
Melodía invertida, pero en una melodía, hablo del loco que escucha
Su pulso y piensa que su tacto es un volumen derramado, un péndulo
Entumido que avanza hacia ruidos milenarios, tra ta tán, que viene el muerto
Tra ta tán que viene de regreso la mente que se dejó llevar por el espejo
Tra ta tán que los locos del espejo ya supieron, que la expresión perfecta
Es un dolor del universo, tra ta tán que la sensibilidad espía al ser perfecto
Tra ta tán, hablo de la música, de la palabra que en sí misma
Es la blancura, hablo del desequilibrio, que es una filosofía inmensa
Embriagada en su columpio, hablo de los caballos de Dios, de los caballos marrones sin
Espíritu que cabalgan sobre campos humildes, hablo de quienes se enamoran del azar y
Hallan lo mismo, del que se asombra del árbol a lo lejos y prefiere
no avanzar, de lo bello
Que destruye bajo su natural respiración, hablo del dolor, aunque
los santos tiemblen, hablo
Del universo que es un veneno inteligente, una música incompleta, hablo del movimiento
Voluptuoso de los ataúdes, del desconocido cementerio donde se besan
por las tardes los
Novios niños, hablo del arco y la centella, de la aurora fulminante y del conjuro que se
Neutraliza por dictarse en el ensueño, de las palabras de sustancia gris,
de las palabras que
Salen a las gestas con pequeños escudos de madera escurridiza,
de las percepciones largas
Que caminan sin rumbo, de noche, para ponerse a llorar en bodegones
de obra negra, hablo
De los ojos que se nublan de tanto contener el agua, hablo de la luz dispersa,
sin orden, que
Se derrama como baba eléctrica sobre la mesa de cocina, hablo del tiempo
que avanza sin
Prisa, desganado, como un campesino que retorna a casa mientras oye el mar,
hablo de los
Patios limpios y de las estaciones de ferrocarril llenas de humo negro, hablo de
Los que piensan que la tristeza es una sensación deforme, de los que
Especulan sobre las sirenas cuando no pueden dormir, de los que arrastran las sandalias
Con cautela para no romper la madrugada, de los que se quejan en silencio pero aún no
Están dormidos, de las alucinaciones, que son un rechinante carrusel de oro
escondido en el
Taller de cobre, hablo de los viejos que se levantan a mirar la noche
cuando piensan en la
Muerte, hablo de la noche, que es la versión sensible de las formas, de los poetas que
Extraen de las cosas su válvula secreta, su cualidad definitiva, de la llanura y de su
Polvo inerte, de las larvas que mueren antes de cambiar de piel, de las
Mariposas y su hermoso concierto mudo, de los niños castigados que desperdician
Sus cuadernos para hacer aviones, de los que todas las tardes suben a las azoteas para
Planear excelsos aerodinámicos modelos, de quienes imaginan una hoguera donde
Se consumen las adolecentes brujas, de los insectos que vuelan en desiguales
Órbitas amigas, de los alumnos de camisas limpias y rodillas sin tierra, que se angustian
Con el vuelo de las aves, hablo del desvelo quirúrgico que destaza para siempre
A la conciencia, de las palomas que buscan granos en la tierra, del rostro demencial
Que se refleja sin firmeza, de quienes saben que la lógica es una embriagada espiral
Con ridículas pretensiones de ser línea, hablo de quienes una noche se despiertan, y se
Encuentran con que todo está en un fabuloso cataclismo, hablo del miedo indescriptible
De los que ven más allá de los sentidos, hablo de lo que no se dice y
determina, hablo del
Olvido, de su periferia descompuesta y de sus balcones altísimos, hablo de cuando los
Astros resuelven sus errores milenarios en las pesadillas de los niños, hablo de quienes
Agotan todas las formas del dolor y nunca escriben una línea, hablo de la fiebre, de la
Frente llena de sudor y de los dolores nuevos, los que no ha sentido
carne alguna por ser de
otro universo, hablo de los que asesinan todo lo bonito, de los que trabajan
Incansablemente
para conocer el camino de regreso a la locura, de los que vieron el mármol
Sudoroso de la
segunda mente, de quienes estuvieron ahí, en lo otro, en lo que difícilmente
Se pronuncia
por ser de los demonios, hablo de los que besan el cuello de su amada antes
De asfixiarlo,
mientras sus ojos la miran con un amor que jamás podrá exhibirse, hablo de
Los segundos posteriores a la muerte, del cuerpo quieto luego de haber querido
Jalar aire, hablo de la mano que frasea una caricia, de la habitación iluminada
Y de las sábanas tiradas en el suelo, hablo del librero, de las colillas de cigarro
De que todo grita en una tonada que no entiendo, de que al amanecer los veladores se
Despiden sin prisa, hablo del silencio, de las ideas que en lo profundo
fijan una imagen que
No llega a emerger, hablo de los ojos bien abiertos y de los músculos tensos, hablo del
Pulso, esa percutiente manera de ir muriendo, de esa tonalidad inconclusa que avanza a
Tropiezos, hablo de las aves, de la tímida cortesía con que trepan a los árboles, de la
Inusual serenidad de su respiración, y del ramaje denso de los sueños,
de que en los sueños
Las habitaciones son más altas, y sus muros más espesos, para que no entren
los ruidos de la
Noche, para que el nebuloso paraíso de la luz eléctrica se desgarre
en su lírico alambrado
Hablo de que alguien fuma en el sueño, y el humo se pasea en las azoteas vecinas,
hablo de
Que la realidad no se organiza, de que la madrugada avanza torpe, como
un sinuoso desfile
De raíces que nunca tuvo origen, hablo de que tras los párpados dormidos
todo sucede con
La precisión de una rotura, de que la realidad avanza bajo un fin incierto,
de que la realidad
Es una niña vistiéndose de luces para llegar temprano a su exterminio, y hablo del vacio,
De que toda fuerza destructiva es el inicio de una noche, de que toda
voluntad es poderosa
Mientras vive, y de que esto que habitamos es la realidad desprendida de
una vértebra, un
Salón sin luces a punto de cerrarse, hablo de que la realidad avanza como
un caballito de
Mar montado por un niño cuyo corazón late de prisa, de que la muerte enseña la
Monstruosa dificultad con que comienza un orden y de que el amor
es un puente colgante
Siempre a punto de caerse, hablo de llorar, llorar y retorcerse, de volverse
humo cuando la
Noche comienza a naufragar, hablo de que en el máximo dolor se respira al fin un
Fragmento de pureza, hablo de la sensibilidades azulinas, hablo de los
que mueren porque
Su sensibilidad es una hidra, hablo de los que mueren a veces, de los que mueren
Hablo de la muerte.

LEOPOLDO LEZAMA