jueves, 27 de mayo de 2010

Quiero una vida..., de Boris Vian

QUIERO UNA VIDA EN FORMA DE ESPINA

En un plato azul
Quiero una vida en forma de cosa
En el fondo de un solo cacharro
Quiero una vida en forma de arena en las manos
En forma de pan verde o de colmena
En forma de chancleta blanda
En forma de cantinela
De deshollinador o de lila
De tierra llena de guijarros
De peluquero salvaje o de edredón loco
Quiero una vida en forma de ti
Y la tengo, pero aún no me basta
No estoy nunca contento.

BORIS VIAN

lunes, 24 de mayo de 2010

Hokusai, de Anne Carson

HOKUSAI
La ira es un cerrojo amargo.
Pero puedes hacerlo girar.
Hokusai a los ochenta y tres años
dijo,
Hora de hacer mis leones.
Cada mañana
hasta su muerte
219 días más tarde
hizo
un león.
Ráfagas de viento soplaban del noroeste.
Los leones se mecían
y saltaban
desde las crestas
de los pinos
sobre
el sendero nevado
o se estrellaban
juntos
contra su choza,
lacerando los astros
con blancas garras
mientras caían.
Sigo dibujando
a la espera
de un día apacible,
decía Hokusai
mientras los leones pasaban en tropel.
ANNE CARSON

miércoles, 19 de mayo de 2010

Ab Ovo, de Joseph Brodsky

AD OVO

Debería existir algún idioma
que redujera la palabra "huevo"
a una simple O. El italiano,
naturalmente, es el que más se acerca,
con sus uova. Por eso es que Alighieri
lo creía el alimento más nutricio,
afición compartida con sopranos
y tenores, de torsos como peras
que encarnan, a la postre, la palabra
"ópera". Y eso mismo se podría
decir de los románticos genuinos,
a saber, los poetas alemanes,
que empiezan cada verso de la misma
manera en que se empieza un desayuno;
o de los matemáticos, que se hacen
los gallitos también, mientras empollan
la regularidad del infinito,
cuyos inmaculados ceros nunca
jamás van a romper el cascarón.

JOSEPH BRODSKY

lunes, 10 de mayo de 2010

Versos Sencillos, de José Martí

VERSOS SENCILLOS

VII

Para Aragón, en España
Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón,
Franco, fiero, fiel, sin saña.

Si quiere un tonto saber
Por qué lo tengo, le digo
Que allí tuve un buen amigo,
Que allí quise a una mujer.

Allá, en la vega florida
La de la heroica defensa
Por mantener lo que piensa
Juega la gente la vida.

Y si un alcalde lo aprieta
O lo enoja un rey cazurro,
Calza la manta el baturro
Y muere con su escopeta.

Quiero a la tierra amarilla
Que baña el Ebro lodoso:
Quiero el Pilar azuloso
De Lanuza y de Padilla.

Estimo a quien de un revés
Echa por tierra a un tirano:
Lo estimo, si es un cubano;
Lo estimo, si aragonés.

Amo los patios sombríos
Con escaleras bordadas;
Amo las naves calladas
Y los conventos vacíos.

Amo la tierra florida,
Musulmana o española,
Donde rompió su corola
La poca flor de mi vida.

JOSÉ MARTÍ

sábado, 8 de mayo de 2010

Canción, de Nicolás Guillén

CANCIÓN

¡De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera !
(Yo, muriendo.)

Y de que modo sutil
me derramó en la camisa
todas las flores de abril

¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera
la primavera?
(No soy tanto.)

En cambio, ¡Qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera
(Yo, muriendo.)

NICOLÁS GUILLÉN

jueves, 6 de mayo de 2010

Libertad bajo palabra, de Octavio Paz

LIBERTAD BAJO PALABRA

Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba.

Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.

Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía -- padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus amantes de una hora.

Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales, los ayes y los alegatos. Inútil tocar a puertas condenadas. No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona. Romperé los espejos, haré trizas mi imagen, que cada mañana rehace piadosamente mi cómplice, mi delator. La soledad de la conciencia y la conciencia de la soledad, el día a pan y agua, la noche sin agua. Sequía, campo arrasado por un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca en esta eternidad que no desemboca.

Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.

Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.

OCTAVIO PAZ

lunes, 3 de mayo de 2010

A un olmo seco, de Antonio Machado

A UN OLMO SECO

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hacia la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

ANTONIO MACHADO