miércoles, 9 de junio de 2010

Aullido, de Allen Ginsberg

AULLIDO (I)
He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la
locura, famélicos, histéricos, desnudos,
arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un
colérico picotazo,
pasotas de cabeza de ángel consumiéndose por la primigenia conexión
celestial con la estrellada dinamo de la maquinaria de la noche,
que, encarnación de la pobreza envuelta en harapos, drogados y con
vacías miradas, velaban fumando en la sobrenatural oscuridad de los
pisos de agua fría flotando sobre las crestas de la ciudad en
contemplación del jazz,
que desnudaron sus cerebros ante el Cielo bajo el El y vieron
tambalearse iluminados ángeles mahometanos sobre los tejados de las
casas de alquiler,
que atravesaron las universidades con radiantes ojos tranquilos,
alucinando Arkansas y tragedias de luz-Blake entre los escolásticos de
la guerra,
que fueron expulsados de las academias por dementes & por publicar
odas obscenas sobre las ventanas de la calavera,
que se acurrucaban amedrentados en ropa interior en habitaciones sin
afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando el sonido del
Terror a través de la pared,
que fueron aferrados por sus barbas púbicas al regresar por Laredo a
Nueva York con un cinturón de marihuana,
que devoraron fuego en hoteluchos o bebieron trementina en Paradise
Alley, muerte, o hacían sufrir a sus torsos los tormentos del
purgatorio noche tras noche por medio de sueños, drogas, pesadillas de
la consciencia, alcohol y verga y juergas continuas,
incomparables callejones sin salida de trémula nube y relámpago en la
mente abalanzándose hacia los polos de Canadá & Paterson, iluminando
todo el inmóvil mundo del intertiempo,
solideces de salones en Peyote, albas de cementerio de árbol verde en
el patio de detrás, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de
escaparates de locuras automovilísticas en marihuana parpadeo de neón
luz de tráfico, vibraciones de sol y luna y árbol en los rugientes
atardeceres de invierno en Brooklyn, desvarios de lata de basura y
bondadosa soberana luz de la mente,
que se encadenaron a los ferrocarriles subterráneos para el
interminable trayecto entre Battery y el sagrado Bronx colgados en
benzedrina hasta que el ruido de ruedas y niños les hacía caer
temblorosos, con la boca como un erial y bataneados, yermos
mentalmente, despojados de toda brillantez bajo la lúgubre luz de
zoológico,
que se sumergían la noche entera en la submarina luz de Bickford's,
salían flotando y desgranaban la tarde de cerveza rancia en el
desolado Fugazzi's, escuchando el estallido del apocalipsis en el
jukebox de hidrógeno,
que hablaban sin interrupción durante setenta horas del parque al
apartamento al bar a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn,
un perdido batallón de conversadores platónicos saltando las
barandillas terminales de las escaleras contra incendios, desde las
ventanas, desde el Empire State, desde la Luna,
desbarrando gritando vomitando susurrando hechos y recuerdos y
anécdotas y excitaciones oculares y conmociones de hospitales y
cárceles y guerras,
intelectos enteros vomitados en deposición integral durante siete días
con sus noches con ojos brillantes, carnaza para la sinagoga arrojada
sobre el pavimento,
que se desvanecieron en la nada de la Nueva Jersey Zen dejando un
rastro de ambiguas postales dibujadas del Ayuntamiento de Atlantic
City,
sufriendo sudores orientales y crujidos de hueso tangerinos y migrañas
de la China bajo el síndrome de abstinencia en la escuálida habitación
amueblada de Newark,
que vagaban sin tino a media noche en el cercado de los ferrocarriles
preguntándose dónde ir, y partían, sin dejar atrás corazones
destrozados,
que encendían cigarrillos en furgones furgones furgones que
traqueteaban a través de la nieve hacia solitarias granjas en la
abuela noche,
que estudiaban a Plotino Poe S. Juan de la Cruz telepatía y la kabala
bop porque el cosmos vibraba instintivamente a sus pies en Kansas,
que se lo hacían de solitarios por las calles de Idaho en busca de
ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios,
que pensaron que tan sólo estaban locos cuando Baltimore refulgió en
sobrenatural éxtasis,
que entraban a saco en limusinas con el Chino de Oklahoma impulsados
por la lluvia de invierno de farola de medianoche de pueblo,
que vagaban perezosos hambrientos y solos a través de Houston en busca
de jazz o de sexo o de sopa, y siguieron al deslumbrante Español para
conversar acerca de América y la Eternidad, desesperanzadora tarea, y
así embarcaron rumbo a Africa,
que desaparecieron en los volcanes de Méjico dejando tras de ellos tan
sólo la sombra de sus vaqueros y la lava y la ceniza de la poesía
esparcida en la chimenea que es Chicago,
que reaparecieron en la Costa Oeste investigando al F.B.I. con barba y
en pantalones cortos con grandes ojos pacifistas eróticos con su piel
morena distribuyendo incomprensibles panfletos,
que se quemaban los brazos con cigarrillos en protesta por la
narcótica neblina de tabaco del capitalismo,
que distribuían panfletos Supercomunistas en la Plaza de la Unión
sollozando y desnudándose mientras las sirenas de Los Alamos les
perseguían con sus aullidos, y aullaban por la calle Wall, y el ferry
de Staten Island aullaba tambien,
que se derrumbaban sollozando en blancos gimnasios desnudos y trémulos
ante la maquinaria de otros esqueletos,
que mordían a los detectives en el cuello y chillaban con deleite en
coches de la policía por no haber cometido más crimen que su
espontánea y salvaje pederastia e intoxicación,
que aullaban de hinojos en el metro y se veían arrastrados de los
tejados enarbolando genitales y manuscritos,
que permitían que los virtuosos motoristas les dieran por culo, y
gritaban de gozo,
que mamaban y fueron mamados por esos serafines humanos, los
marineros, caricias de amor Atlántico y Caribeño,
que follaban por la mañana por las tardes en las rosaledas y el césped
de los parques públicos y los cementerios dispersando su semen
libremente a quien quisiera viniera quien viniera,
que hipaban interminablemente intentando forzar una risita pero
acabaron sollozando tras una partición de unos Baños Turcos cuando el
rubio desnudo ángel apareció para atravesarles con una espada,
que perdieron sus efebos a manos de las tres viejas arpías del destino
la arpía tuerta del dólar heterosexual, la arpía tuerta que guiña el
ojo desde el interior del útero y la arpía tuerta que se limita a
sentarse sobre su culo y cortar las áureas hebras intelectuales del
telar del artesano,
que copulaban extáticos e insaciados con una botella de cerveza un
amante un paquete de cigarrillos una vela y caían de la cama y
continuaban por el suelo pasillo adelante y terminaban desmayándose
contra la pared con una visión del coño supremo y la eyaculación
eludiendo el último hálito de la consciencia
que endulzaron los coños de un millón de muchachas que se estremecían
en el crepúsculo, y al alba se encontraban con los ojos enrojecidos,
pero dispuestos a endulzarle el coño a la aurora, exhibiendo
relámpagos de culo bajo los graneros y desnudos en el lago,
que salían de putas por Colorado en miríadas de coches robados para
una noche, N.C., héroe secreto de estos poemas, follador y Adonis de
Denver - regocijémonos en el recuerdo de sus innumeras jodiendas de
muchachas en solares vacíos & en patios traseros de restaurantes, en
rechinantes filas de cines, en las cimas de las montañas en cuevas o
con enjutas camareras en familiares alzamientos de solitarias enaguas
a un lado de la carretera & especialmente de sus secretos solipsismos
en los servicios de las gasolineras, & también en las callejuelas de
la ciudad natal,
que se desvanecían en vastas y sórdidas películas, eran desplazados en
sueños, despertaban en un súbito Manhattan, y salían a duras penas de
los sótanos con resaca de despiadado Tokay y horrores de sueños de
hierro de la Tercera Avenida & iban tambaleándose hacia las
oficinas de desempleo,
que caminaban toda la noche con los zapatos llenos de sangre sobre los
muelles convertidos en bancos de nieve esperando que una puerta en el
East River se abriera a una habitación llena de vaporoso calor y opio,
que crearon grandes dramas suicidas sobre los farallones de
apartamentos del Hudson bajo el foco azul de tiempo de guerra de la
luna & serán ceñidas sus cabezas con laurel en el olvido,
que comieron el estofado de cordero de la imaginación o digirieron el
cangrejo en el cenagoso lecho de los ríos del Bowery,
que lloraban ante el encanto de las calles con sus carritos llenos de
cebollas y mala música,
que se sentaban sobre cajas inspirando la oscuridad bajo el puente, y
se levantaban para construir clavicordios en sus áticos,
que tosían en el sexto piso de Harlem coronados de llamas bajo el
cielo tubercular rodeados de cajas de naranjas llenas de teología,
que garrapateaban todas las noches balanceándose y rodando sobre
elevados encantamientos que en la amarilla mañana eran estrofas de
desatinos,
que cocinaban animales podridos pulmón corazón patas rabo borsht &
tortillas soñando con el puro reino vegetal,
que se arrojaban de cabeza bajo camiones de carne en busca de un huevo,
que tiraron sus relojes desde el tejado para emitir su voto por una
Eternidad fuera del Tiempo, & cayeron despertadores sobre sus cabezas
día tras día durante toda una década,
que se cortaron sin éxito las muñecas tres veces consecutivas
abandonaron y se vieron obligados a abrir tiendas de antigüedades
donde pensaron que se estaban volviendo viejos y se echaron a llorar,
que fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en
Madison Avenue entre salvas de plúmbeos versos & el enlatado estruendo
de los férreos regimientos de la moda & los chillidos de los maricas
de la publicidad & el gas mostaza de siniestros editores inteligentes,
o fueron atropellados por los ebrios taxis de la Realidad Absoluta,
que saltaron desde el Puente de Brooklyn esto sucedió de hecho y se
alejaron caminando desconocidos y olvidados penetrando en el
aturdimiento fantasmal de las callejuelas de sopa & coches de bomberos
del Barrio Chino, ni siquiera una cerveza gratis,
que cantaban desesperados desde sus ventanas, se caían por la
ventanilla del metro, se arrojaban al mugriento Passaic, se
abalanzaban sobre los negros, lloraban por toda la calle, bailaban
sobre vasos de vino rotos con los pies descalzos estrellaban discos de
nostálgico jazz europeo alemán de los años 30 acababan el whisky y
vomitaban gimiendo en el ensangrentado vater, con gemidos y el
estruendo de colosales silbatos de vapor en los oídos,
que se lanzaban a tumba abierta por las autopistas del pasado viajando
a los puestos de observación, Gólgota de soledad carcelaria de coches
preparados de cada uno de ellos o encarnación de jazz de Birmingham,
que conducían campo a través durante setenta y dos horas para
averiguar si yo había tenido una visión o tú habías tenido una visión
para conocer la Eternidad,
que viajaban a Denver, que morían en Denver, que regresaron a Denver &
esperaron en vano, que velaron a Denver & cavilaron & se asolaron en
Denver y finalmente lo abandonaron para averiguar el Tiempo, & ahora
Denver siente añoranza por sus héroes,
que se postraban de hinojos en desesperanzadas catedrales rezando por
su mutua salvación y por la luz y los pechos, hasta que el alma
iluminó su cabello durante un segundo,
que se estrellaron a través de sus mentes en la cárcel esperando a
imposibles criminales de áureas cabezas y el encanto de la realidad en
sus corazones que cantaran dulces blues a Alcatraz,
que se retiraron a México para cultivar un hábito, o a Rocky Mount al
tierno Buda, o a Tánger en busca de muchachos o a la Southern Pacific
a por la negra locomotora o a Harvard en busca de Narciso a Woodlawn a
la guirnalda de margaritas o la tumba,
que exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo &
se quedaron colgados con su locura & y sus manos & un jurado indeciso,
que arrojaban ensalada de patatas a los conferenciantes de la CCNY
sobre el Dadaísmo y subsiguientemente se presentaban sobre los
escalones de granito del manicomio con las cabezas afeitadas y un
arlequinesco discurso sobre el suicidio, exigiendo una lobotomía al
instante,
y recibieron a cambio el concreto vacío de la insulina el metrasol la
electricidad la hidroterapia la psicoterapia, la terapia ocupacional
pingpong amnesia,
que en desolada protesta se limitaron a volcar una única simbólica
mesa de pingpong, descansando brevemente en la catatonia,
regresando años más tarde calvos de verdad a excepción de una peluca
de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible condenación del demente de
los pabellones de las ciudades de locos del Este,
los fétidos salones de Pilgrim State, Rockland y Greystone, disputando
con los ecos del alma, balanceándose y rodando en los bancos de
soledad de medianoche reinos-dolmen del amor, el sueño de la vida una
pesadilla, los cuerpos convertidos en piedra pesada como la luna,
(al fin la madre) y arrojado el último libro fantástico por la ventana
del piso de alquiler y cerrada la última puerta a las 4 a.m. y
estrellado el último teléfono contra la pared a modo de respuesta y
despojada la última habitación amueblada hasta de la última partícula
de mobiliario mental, un papel amarillo se erguía retorcido sobre un
colgador de alambre en el armario, e incluso eso imaginario, tan sólo
una esperanzada pizca de alucinación
ah, Carl, no estaré a salvo mientras no estés a salvo, y ahora estás
realmente sumergido en la absoluta sopa animal del tiempo
y quién por lo tanto corrió a través de las heladas calles obsesionado
por una súbita inspiración acerca de la alquimia de la utilización de
la elipse el catálogo, la medida & el plano vibratorio,
quién soñó y realizó vacíos encarnados en el Tiempo & el Espacio a
través de imágenes yuxtapuestas, y atrapó al arcángel del alma entre 2
imágenes visuales y unió los verbos elementales y puso al nombre y
pincelada de la consciencia a brincar juntos con sensación de Pater
Omnipotens Aeterna Deus
para recrear la sintaxis y la métrica de la pobre prosa humana y
quedar ante ti mudo e inteligente y tembloroso de vergüenza, rechazado
y no obstante confesando el alma para conformarse al ritmo del
pensamiento en su desnuda e inconmensurable cabeza,
el loco vagabundo y el ángel laten en el Tiempo, desconocidos y no
obstante registrando aquí lo que podría quedar por decir en el tiempo
después de la muerte,
y se alzó reencarnado en las fantasmales vestiduras del jazz en la
áurea sombra de las trompas de la banda y sopló el sufrimiento por
amor del desnudo cerebro de América convirtiéndolo en un grito de
saxofón eli eli lamma lamma sabacthani que hizo estremecerse a las
ciudades hasta la última radio
con el corazón absoluto del poema de la vida sanguinariamente
desgarrado de su propio cuerpo, comestible durante mil años.
ALLEN GINSBERG