martes, 29 de junio de 2010

Las Fiestas, de Santiago Espel

LAS FIESTAS
Y después estaban aquellas otras bacanales,
que por decirlo de algún modo eran la gloria;
los primeros escarceos donde mojamos
los sexos apretados al pantalón, con el vaso
de gaseosa en raro equilibrio y la mirada
perdida al fondo, en las 13 velas de la torta;
de esas fiestas se volvía cambiado, es decir
atravesado ya por una inquietud y sospecha
de lo que sería empezar a pensar un nombre
y repetirlo en silencio, hasta dejarlo sin aire;
se volvía como de una batalla, sin las bajas
muy claras y con el sabor difuso de la victoria;
en esas fiestas se empezaba también a lidiar
con el fracaso, con el miedo a ser rechazado;
y así y todo las llamábamos fiestas, un coliseo
al que entrábamos por la puerta grande,
con la camisa planchada y la raya prolija,
sin saber cómo ni cuándo iríamos a salir,
ya otros, distintos, con las palmas de las manos
transpiradas y la camisa afuera del pantalón;
adrenalina, eso, eso que corría por nosotros
sin saber qué era ni cómo se llamaba,
un temblor violento y frío que daba calor
y cerraba la garganta cuando sacábamos a bailar
a ese nombre que repetiríamos en silencio
hasta vaciarlo de sentido, de noche, ya en la cama;
quedan de aquellas bacanales cierta potencia,
una electricidad que no se repetiría nunca más
y el flamante desinterés por amuletos de la infancia
que le habían dado sentido rotundo al mundo;
a veces, no es imposible, un leve roce,
una palabra dicha en la oscuridad al oído, un beso,
nos devuelve a eso que llamamos adrenalina
eso que corre por nosotros sin saber bien qué es,
ni cuándo ni por qué viene,
ni cuándo ni por qué se va.
SANTIAGO ESPEL