viernes, 25 de junio de 2010

Mesopotamia, de Raymond Carver

MESOPOTAMIA

Al despertar antes de la salida del sol en una casa que no es la mía,
oigo una radio en la cocina.
Jirones de niebla al otro lado de la ventana mientras
una voz de mujer da las noticias y luego el tiempo.
Lo escucho junto con el sonido de la carne
cuando entra en contacto con la mantequilla en la sartén.
Sigo escuchando un poco más, medio dormido. Es parecido,
pero no es igual, a cuando de niño me quedaba en la cama
a oscuras, oyendo llorar a una mujer
y una voz de hombre se alzaba enfadada, o desesperada,
mientras sonaba la radio todo el rato. En vez de eso,
lo que oigo esta mañana es preguntar al hombre de la casa:
"¿cuántos veranos me quedan?
A ver, respóndeme a eso". No hay respuesta de la mujer
o, al menos, no la oigo. Pero ¿qué podría responder
a semejante pregunta? Al momento,
oigo la voz de él hablando de alguien que me parece
que ya se ha muerto: "aquel hombre podía decir
'!Oh, Mesopotamia!'
y conseguir que la gente se partiera de risa".
Me levanto rápido de la cama y me pongo los pantalones.
Suficiente luz en el cuarto para que, por fin, pueda ver
dónde estoy. Soy un hombre adulto, al fin y al cabo,
y esas personas son mis amigos. No les
está yendo bien en este preciso momento. O
les va mejor que nunca porque se han levantado temprano y hablan
sobre cosas importantes,
como la muerte y Mesopotamia. Sea como sea,
me siento impulsado hacia la cocina.
Cosas misteriosas e importantes
están ocurriendo allí esta mañana.

RAYMOND CARVER