martes, 11 de enero de 2011

Hallazgo de la vida, de Vallejo

HALLAZGO DE LA VIDA

¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de
la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para
saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida,
que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las
lágrimas.

Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que
antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente
quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto
que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo
personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se
le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de
recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.

Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado
gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y
horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo no le
conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he
conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos
conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no
me conociera, es decir, por la primera vez.

Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño,
en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía
inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballero. Usted no lo
conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie
sobre esa piedrecilla: quién sabe no es piedra y vaya usted a dar en
el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo
absolutamente inconocido.

¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay
unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no
he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe
en mí!

Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras
para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora
avancé paralelamente a la primavera, diciéndola: «Si la muerte hubiera
sido otra...». Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las
cúpulas de Sacre-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y me
miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una
puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias.

¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.

CÉSAR VALLEJO