jueves, 10 de marzo de 2011

Elegías de Duino (II), de Rainer Maria Rilke

ELEGÍA SEGUNDA

Todo ángel es terrible. Y no obstante, ¡ay de mí!,
yo os canto, casi letales pájaros del alma,
sabiendo lo que sois. ¿Qué fue del tiempo de Tobías,
cuando uno de los más resplandecientes se apareció ante el humilde umbral,
un poco disfrazado para el viaje y sin ser tan temible?
(Como un jóven que contempla a otro, lo miraba con curiosidad.)
Si ahora el peligroso arcángel, desde detrás de las estrellas
con sólo dar un paso descendiese hasta aquí,
de un vuelco nuestro propio corazón nos mataría. ¿Quiénes sois?

Tempranas perfecciones, vosotros, los mimados de la creación,
crestas elevadas, arreboladas cimas aurorales
de todo lo creado, polen de la divinidad en flor,
articulaciones de luz, pasadizos, escalas, tronos,
espacios de esencia, escudos de felicidad, tumultos
de un sentimiento tormentosamente arrebatado, y de pronto,
solitarios, espejos: que la propia belleza que irradian
la recogen de nuevo en propio rostro.

Porque sentir para nosotros es, ¡ay!, desvanecerse,
exhalamos nuestro ser; de ascua en ascua
despedimos cada vez un aroma más ténue. Tal vez alguien nos diga:
sí, has entrado en mi sangre, la primavera y este cuarto
se han llenado de ti... ¡de qué nos serviría!, no puede retenernos,
desaparecemos en él y entorno a él. Y a esos que son bellos,
¡ay!, ¿quién los retendrá? Sin cesar la apariencia
se disipa en su rostro. Como el rocío de la hierba matutina
lo nuestro asiende de nosotros, como el calor de un plato
ardiente. ¡Oh, la sonrisa!, ¿adónde? ¡Oh, mirada a lo alto!:
nueva, huidiza y cálida ola del corazón-;
¡ay de mí!: somos, no obstante. ¿El universo en que nos disolvemos
sabe a nosotros? ¿Recogen los ángeles
sólo lo suyo realmente, lo que emana de ellos
o hay también en ellos, como por descuido, un poco
de nuestro ser? ¿Estamos solamente mezclados con sus rasgos
como esa vaguedad que hay en el rostro
de una mujer encinta? Ellos no lo notan en el torbellino
de su vuelta a sí mismos. (¡Cómo iban a notarlo!)

Los amantes podrían, si lo comprendiesen,
decirse maravillas en el aire nocturno. Pues parece
que todo nos esconde. Mira, los árboles son, las cosas
que habitamos existen todavía. Sólo nosotros pasamos
por delante de todo como un aire que cambia.
Y todo coincide en silenciarnos, en parte por vergüenza,
en parte, quizá, por una esperanza inexpresable.

A vosotros, amantes que uno a otro os bastáis,
yo os pregunto por nosotros. Os tocáis. ¿Tenéis pruebas?
Ved, a mí me ocurre que mis manos se percatan
la una de la ora, o que mi rostro fatigado
se refugie en ellas. Esto me da la sensación,
un poco de mí mismo. ¿Quién, sin embargo, se atrevería por ello a ser?
Pero vosotros que os crecéis en el éxtasis del otro
hasta que él, abrumado, os suplica:
¡no más!; vosotros, los que bajo vuestras manos
os hacéis tan abundantes como los años de vendimia;
vosotros que a veces desaparecéis sólo
porque el otro prevalece: a vosotros os pregunto por nosotros. Ya sé
que os tocáis tan dichosos porque la caricia persiste,
porque el lugar que, tiernos, cubrís no se desvanece;
porque debajo de él experimentáis un poco la pura duración.
Por eso os prometéis con el abrazo casi de eternidad. Y sin embargo
cuando habéis superado el terror de las primeras miradas
y el anhelo junto a la ventana, y ese primer paseo,
una vez, juntos por el jardín, decidme, amantes:
¿seguís siéndolo aún? Cuando os lleváis el uno al otro
a la boca para beber,-: sorbo a sorbo:
¡ay, qué extrañamente se evade de su acción el que bebe!

¿No os asombró nunca en las estelas áticas la discreción
de los gestos humanos? ¿No se posan allí amor y despedida
tan suavemente sobre los hombros, como si estuvieran
hechos de otra materia sin apretar a pesar de la fuerza que mantienen
los torsos.
Dueños de sí, supieron expresarlo: esto somos nosotros,
esto es nuestro, así es como nos tocamos; con más fuerza
nos oprimen los dioses. Pero eso es cosa de los dioses.

Si nosotros pudiéramos encontrar también algo humano puro, contenido,
una estrecha franja de tierra fecunda que nos perteneciese,
entre la piedra y la corriente. Pues nuestro propio corazón nos sigue
sobrepasando siempre, como a ellos. Y ya no podemos
contemplarlo en imágenes
que lo calmen, ni en los cuerpos divinos
que, al ser más grandes, lo moderan.

RAINER MARIA RILKE