miércoles, 6 de abril de 2011

Elegías de Duino (III), de Rainer Maria Rilke

ELEGÍA TERCERA

Una cosa es cantar a la amada. Otra, ¡ay!
a aquel escondido y culpable dios-río de la sangre.
Ése al que ella reconoce de lejos, su amante juvenil, qué sabe él
del señor del placer que, a menudo, desde su soledad,
antes que la muchacha lo aliviase, a menudo también, como si ella
no existiese, erguía su cabeza de dios, ¡ay!, chorreando desde lo incognoscible,
invitando a la noche a un tumulto sin fin.
¡Oh, el Neptuno de la sangre!, ¡oh su temible tridente!
¡Oh el soplo oscuro de su pecho nacido de una sinuosa caracola!
Oye cómo la noche se abre en valles, se ahonda. Ah, vosotras, estrellas,
¿no surge de vosotras el gozo del amante al ver el rostro
de su amada? La visión interior que él tiene de su frente pura,
¿no le viene de la pureza de las constelaciones?

No fuiste, ¡ay!, tú, ni fue su madre,
quien tensó así el arco de sus cejas para la expectación.
No fue por ti, muchacha, que lo sientes, no fue tu contacto
lo que hizo que sus labios se curvasen en una expresión más fértil.
¿Crees de verdad, acaso, que tu delicada aparición,
tú, que pasas como la brisa matutina, le habría conmovido?
Cierto es que le aterrorizaste el corazón; pero otros miedos más antiguos
se agolparon en él por el impulso del contacto.
Llámalo... Tu llamada no le hace salir del trabajo con potencias oscuras.
Él, sin duda, lo quiere, se escapa; aliviado se familiariza
con tu escondido corazón, y en él se asume y se inicia a sí mismo.
Pero, ¿es que pudo iniciarse alguna vez?
Madre, tú lo hiciste pequeño, tú fuiste su principio;
él era nuevo para ti; tú inclinaste sobre sus ojos nuevos
el mundo amigo y le apartaste del extraño.
¿Dónde, ay, han ido aquellos años cuando tú, sencilla,
con tu esbelta figura le defendías del caos fluctuante?
Así tú le ocultaste muchas cosas; le hiciste inofensivo el cuarto envuelto
en sombras de la noche, desde el inmenso refugio de tu corazón
añadiste a su espacio nocturno otro más humano.
No en la tiniebla, no, sino en tu existencia mucho más cercana
encendiste la lámpara de noche que brillaba como una luz amiga.
No había crujido alguno que no disiparas sonriendo, como si desde siempre
hubieses sabido cuándo la madera del pasillo se comporta así.
Él atento te oía y se calmaba. ¡Tanto podía la ternura
de tu presencia! Tras el armario, en el alto gabán,
se escondía su destino, y se asentaba entre los pliegues
de la cortina, desplazándose con suavidad, su porvenir inquieto.

Y él mismo, mientras yacía sosegado, por debajo de sus párpados
soñolientos disolvía la dulzura de tu leve silueta
en un paladeado adormecerse:
¡parecía seguro...! Pero dentro, ¿quién le defendía?,
¿quién podría detener en su interior las aguas del orígen?
¡Ay!, allí no había cautela alguna en el durmiente: durmiendo
pero soñando, o en estado febril: ¡cómo se entregaba!
Él, el nuevo y medroso, cuán enredado estaba
en las cada vez más arraigadas lianas de su acontecer interior,
entrelazadas según arquetipos, una vegetación exuberante,
acosadora como el mundo animal. ¡Cómo se abandonaba!
Amaba. Amaba su intimidad, su maraña interior,
esa selva ancestral que había en él, sobre cuyo mudo derrumbamiento
se alzaba, de un verde luminoso, su propio corazón. Amaba, Lo dejó,
se guió por las propias raíces hacia un inmenso origen
donde su pequeño nacimiento había surgido. Amando
descendió hasta la sangre más antigua, a los barrancos
donde yacía lo terrible, ahíto aún de sus padres. Y todos los espantos
lo conocían, le guiñaban los ojos, era como un asentimiento.
Sí, le sonreía lo horrible... Rara vez, oh madre,
le has sonreído tú con más ternura. ¿Cómo
no iba a amarlo si le sonreía? Lo amó antes que a ti,
porque cuando tú le llevabas en tu seno,
estaba disuelto en el agua que hace ligera a la semilla.

Mira, nosotros no amamos como las flores, siguiendo tan sólo
el ciclo del año. A nosotros, cuando amamos, nos sube por los brazos
una sabia inmemorial. Oh, muchacha,
esto: que amemos en nosotros no a Uno, un ser que ha de venir,
sino la innumerable germinación; no a una criatura sola,
sino a los padres, que, como escombros de montañas,
reposan en nuestro fondo; sino el cauce seco
de las madres antiguas; sino todo el paisaje silencioso
bajo un destino claro o sombrío:
esto, muchacha, se te anticipó.

Y tú misma, ¿qué sabes?- Tú sólo conjuraste
su pasado remoto en el amante. ¡Cuántos sentimientos
no se revolvieron al emerger de seres desaparecidos! ¡Cuántas
mujeres no te odiaron, allí! ¡Cuántos hombres sombríos
no has agitado en las venas del muchacho! Niños muertos
querían ir hacia ti... Oh, quedo, quedamente,
propónle una amorosa y fiable tarea cotidiana, llévale
hasta el jardín, dale la supremacía
de las noches...
Reténle...

RAINER MARIA RILKE