lunes, 25 de abril de 2011

Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont

CANTO SEGUNDO
(fragmento)

¡Oh!, matemáticas severas, no os he olvidado desde que vuestras sabias
lecciones, más dulces que la miel, se derramaron en mi corazón, como
una ola refrescante. Instintivamente, desde la cuna, aspiraba a beber
en vuestra fuente más antigua que el sol, y sigo recorriendo el atrio
sagrado de vuestro templo solemne, yo, el más fiel de vuestros
iniciados. Había en mi espíritu una especie de melancolía, un no sé
qué
espeso como el humo, pero supe franquear religiosamente los peldaños
que llevan a vuestro altar y vosotras alejasteis de mí ese velo
obscuro, como el viento aleja a la mariposa. Pusisteis, en su lugar,
una frialdad excesiva, una consumada prudencia y una lógica
implacable. Con la ayuda de vuestra fortificante leche, mi
inteligencia se desarrolló rápidamente y tomó proporciones inmensas,
en medio de esa arrebatadora claridad que con tanta prodigalidad
otorgáis a quienes os aman con amor sincero. ¡Aritmética!, ¡álgebra!,
¡geometría!, ¡trinidad grandiosa!, ¡luminoso triángulo! El que no os
ha conocido es un insensato. Merecería la prueba de los mayores
suplicios, pues hay ciego desprecio en su despreocupada ignorancia,
pero, quien os conoce y os aprecia no desea ya otros bienes en la
tierra, se contenta con vuestros goces mágicos, y, llevado por
vuestras sombrías alas, sólo desea ya elevarse, con ligero vuelo,
construyendo una espiral ascendente, hacia la esférica bóveda de los
cielos.

CONDE DE LAUTRÉAMONT