viernes, 20 de mayo de 2011

Elegías de Duino (VIII), de Rainer Maria Rilke

OCTAVA ELEGÍA


Con plenos ojos la criatura ve
lo abierto. Sólo nuestros ojos están
como invertidos y colocados en torno a ella por entero
semejantes a trampas, alrededor de su salida libre.
Lo que está afuera sólo lo percibimos por el rostro
del animal; porque ya desde su edad más tierna
damos la vuelta al niño y le obligamos a que mire hacia atrás
al mundo de las formas, no a lo abierto, que
en la mirada del animal es tan profundo. Libre de la muerte.
A ella la miramos sólo nosotros; el animal libre
tiene su ocaso siempre tras de sí
y ante sí, a Dios, y cuando camina, es en la eternidad
donde camina, como lo hace el fluir de las fuentes.
Pero nosotros no tenemos nunca, ni siquiera un día,
el puro espacio por delante, en el que las flores
se abren sin fin. Hay mundo siempre
y nunca ese no-lugar sin negación: lo puro,
lo incontrolado, eso que el hombre respira
y sabe infinito y no desea. Cuando niño
uno se pierde ahí, en silencio, y bruscamente
es sacudido. O alguno muere, y es.
Porque junto a la muerte ya no se ve la muerte,
se mira fijamente hacia afuera, tal vez con la gran mirada del animal.
Los amantes, si no existiese el otro que les tapa
la visión, están cerca de ella y se maravillan...
Como por descuido se les revela
detrás del otro. Pero más allá de él ninguno de los dos
puede avanzar, y se hace otra vez mundo para ambos.
Vueltos siempre hacia la creación no vemos
sobre ella sino el espejismo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal,
mudo, levanta los ojos y nos atraviesa.
A esto llamamos destino: estar enfrente
y nada más, siempre enfrente.
Si hubiera una conciencia semejante a la nuestra en
el seguro animal que en dirección contraria
viene hasta nosotros-, nos arrastraría
a seguirle los pasos. Pero su ser es para él
infinito, sin engarzar y no mira
sobre su propio estado, puro como su mirada.
Y donde nosotros vemos porvenir él ve totalidad,
y a sí mismo en ella y a salvo para siempre.
Y sin embargo sobre el atento y cálido animal hay la preocupación
y el peso de una gran melancolía.
Porque a él también le abruma lo que con frecuencia
nos somete a nosotros, -el recuerdo,
como si aquello hacia lo que uno tiende con afán,
hubiese estado alguna vez más cerca, siendo más fiel, y su contacto
de una ternura inagotable. Aquí todo es distancia,
y allí fue respiración. Tras la patria primera,
ésta segunda es bastarda y ventosa para él.
Oh dicha de la pequeña criatura,
que siempre permanece en el seno que la albergó;
oh, la dicha del mosquito que brinca dentro aún,
incluso cuando hay boda: pues seno es todo.
Y mira la semiseguridad del pájaro,
que por su origen casi sabe de ambos mundos,
como si fuese el alma de un etrusco,
de un muerto que ya entró en el espacio,
pero llevando en la tapa su figura yacente.
Y qué perplejo aquél que tiene que volar
y proviene de un seno. Cómo se espanta
ante sí mismo, cruza en zigzag el aire, como grieta
que recorre una taza. Así es como la huella del murciélago
hiende la porcelana de la tarde.
¡Y nosotros: espectadores, siempre y en todas partes,
vueltos hacia todo, pero nunca hacia afuera!
Esto nos desborda. Lo ordenamos. Se derrumba.
Lo ordenamos de nuevo y nos derrumbamos nosotros.
¿Quién, pues, nos dio la vuelta de tal modo
que hagamos lo que hagamos siempre tenemos la actitud
del que se marcha? Como quien
sobre la última colina que una vez más le muestra
todo el valle se gira y se detiene, se demora,
así vivimos nosotros, siempre en despedida.

RAINER MARIA RILKE