jueves, 20 de diciembre de 2012

Allegro, de Tomas Tranströmer




Allegro

Después de día negro toco a Haydn
y siento un sencillo calor en las manos.

Las teclas obedecen. Golpean dulces martillos.
El acorde es verde, vivaz y sereno.

La música dice que la libertad existe
y que alguien no paga el impuesto al césar.

Meto las manos en mis bolsillos haydn
e imito a alguien que contempla el mundo con serenidad.

Izo bandera haydn - eso significa:
"No nos rendimos. Pero queremos paz."

La música es una casa de cristal en la ladera
donde vuelan las piedras, ruedan las piedras.

Y las piedras atraviesan la casa rodando
pero todos los cristales quedan intactos.

Tomas Tranströmer

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Aliento, de Mark Strand

Aliento

Cuando los veas
diles que sigo aquí,
que una pierna me sostiene y otra anda en las nubes,
que es el único modo,

que las mentiras que les cuento no son las mentiras
que me cuento,
que por estar aquí y allí
soy ya casi horizonte,

que como el sol sale y se oculta sé cuál es mi sitio,
que es el aliento lo que me salva,
que hasta las sílabas forzadas del ocaso son aliento,
que si el cuerpo es un sepulcro es también un depósito de aliento,

que el aliento es un espejo empañado por palabras,
que el aliento es lo que queda del grito de socorro
al adentrarse en el oído del extraño
y sobrevive mucho tiempo a la palabra,

que aliento es otra vez principio, que toda resistencia
se desprende de él como el sentido se desprende
de la vida, como la oscuridad se desprende de la luz,
que aliento es lo que les doy cuando les envío mi amor.

Mark Strand

martes, 18 de diciembre de 2012

Un soneto de Vallejo

Quiero escribir pero me sale espuma

Quiero escribir pero me sale espuma.
Quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita sin cogollo.

Quiero escribir pero me siento puma;
quiero laurearme, pero me encebollo.
No hay voz hablada que no llegue a bruma,
no hay dios, ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer hierba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.

¡Vámonos, vámonos! Estoy herido;
vámonos a beber lo ya bebido,
vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.

Cesar Vallejo

viernes, 14 de diciembre de 2012

Un poema de Tomas Tranströmer

(fragmento)

Ocurre pero pocas veces
que uno de nosotros "ve" de verdad al otro:

una persona se muestra un instante
como en una fotografía pero con más claridad
y al fondo
algo que es más grande que su sombra.

Él está de cuerpo entero delante de una montaña.
Es más una concha de caracol que una montaña.
Es más una casa que una concha de caracol.
No es una casa pero tiene muchas habitaciones.
Es impreciso pero grandioso.
Él crece de eso, y eso de él.
Es su vida, es su laberinto.

Tomas Tranströmer

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un texto de Ana Ajmátova

Se han quedado pegadas dos hojas de tu libro, una gota de miel
accidentalmente derramada. Al despegarlas, contemplo que las palabras
se han unido en otro poema, tú, que en ellos hablabas de sueños
sobrenaturales, del color púrpura, de la chacona de Bach, de la
aurora, de flores y poetas, de rostros hundidos, de tus poemas del
cuaderno quemado...Y sin embargo, esa gota queriendo borrar los años
terribles, cuando reinaban los lutos sobre las calles de Leningrado.
Como si con una gota de miel bastase.

Ana Ajmátova

martes, 11 de diciembre de 2012

Un poema de Osip Mandelstam

¿Qué calle es ésta?...

¿Qué calle es ésta?
La calle Mandelstam.
Qué apellido más espantoso:
Si no lo aireas
Suena curvo y no recto.

Poco en él es lineal
Más bien de carácter sombrío
Y es por eso que esta calle
O, mejor, este foso
Lleva el nombre
De ese tal Mandelstam.

Osip Mandelstam

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Otro poema de Nikolái Gumiliov

Duda

Estoy solo en esta tarde silenciosa
y sólo pienso en ti, en ti.

Tomo un libro y te descubro en cada página
vago en ti ebrio y perturbado.

Me dejo caer sobre la cama
la almohada me quema...no, no puedo dormir, sólo esperar.

Inseguro, me acerco a la ventana.
contemplo la luna y la humeante pradera.

En un rincón del huerto me dijiste "sí"
y ese "sí" me ha acompañado toda la vida.

De pronto caigo en cuenta
que siempre fuiste indómita.

Que ese "sí", ese estremecimiento tuyo allá en el huerto,
esos besos -fueron tan sólo un delirio en la primavera y el sueño.

Nikolái Gumiliov

martes, 27 de noviembre de 2012

Uno de Maram

Espero,
y ¿qué espero?
Un hombre repleto de flores
y palabras dulces.
Un hombre
que me mire y me vea.
Que me hable y me escuche.
Un hombre que llore
por mí.
Siento lástima por él
y le amo.

Maram al-Masri

viernes, 23 de noviembre de 2012

Un poema de Tomas Tranströmer

Tenue rebota el canto del urogallo de las esferas celestes.
La música, libre de culpa en nuestra sombra, como
el agua de la fuente se eleva entre las fieras,
artísticamente petrificadas en torno al surtidor.

Con los arcos de violín disfrazados de bosque.
Con los arcos como jarcias en un aguacero-
bajo los cascos del aguacero se hunde el camarote-
y en nuestro interior, en suspensión de giróscopo, la alegría.

En la noche se refleja la calma del mundo
cuando se preparan los arcos pero no se tocan.
Inmóviles en la niebla los árboles del bosque
y la tundra reflejándose en sus propias aguas.

La mitad muda de la música está aquí, nos envuelve
como el aroma de la resina a los abetos heridos por rayos.
Un verano subterráneo en cada hombre.
Allí, en la encrucijada, se libera una sombra

y se aleja galopando adonde apunta la trompeta de Bach.
De repente la gracia proporciona confianza. Abandonar
su propio disfraz de yo en esta ribera,
donde la ola rompe y se hunde, rompe

y se hunde.

Tomas Tranströmer

jueves, 22 de noviembre de 2012

Eternoretornógrafo, de Wichy

Eternoretornógrafo

El joven poeta murmuró cerrando el libro de Apollinaire:
"Este sí es un poeta..."
Y Apollinaire, el soldado polaco Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky,
enterrado hasta la cintura en el fango de la trinchera cerca de Lyon,
mirando la noche estrellada del 4 de agosto de 1914,
la tierra seca, florecida de estacas y alambre de púas,
sembrada de minas esa noche de 1914,
mirando las bengalas azules, rojas, verdes en el cielo envenenado por los gases
apretó el húmedo librito de Rimbaud mientras sobre su cabeza pasaban
silbando los obuses.
Y Rimbaud, haciendo sus maletas en Charleville, echó junto a su ropa
los versos de Villon.
Y Villon, el doce veces condenado, el apócrifo, el inédito, pensó ante
el patíbulo en las tres cosas que más había amado:
su mujer Christine, su leyenda, la de él, la de Villon,
y el borroso recuerdo de unos versos que hablaban de la noche
del 711 en que Taric se apoderó de Gibraltar.

Y el sombrío poeta árabe que escribió aquellos versos la
noche del 711 apoyándose en la cimitarra
imitaba los versos que su abuelo le leía en la lejana Argel;
y el abuelo de Argel había leído a Imru-ul-Qais, al que Mahoma
consideraba el primer gran poeta árabe; lo había leído una
interminable jornada en el desierto de Sahara más húmedo ahora que entonces
en la lenta marcha de los camellos y las teas encendidas.
Y es probable que Imru-ul-Qais escribiera en la lengua de Alá
imitaciones de Horacio,
y Horacio admiraba a Virgilio,
y Virgilio aprendió en Homero,
y Homero, el ciego, repetía en hexámetros los extraños poemas
que se susurraban al oído los amantes en las estrechas calles
de Babilonia y Susa,
y en Babilonia y Susa
los poetas imitaban los versos de los hititas de Bog Haz Keui y
de la capital egipcia de Tell El Amarna,
y los poetas del 4000 a.n.e.
imitaban a los poetas del 5000 a.n.e.
hasta que el hombre de Pekín, en la húmeda caverna de Chou-Tien
viendo arder lentamente sobre las brasas el anca de un venado,
gruñó los versos que le dictaba desde el futuro
un joven poeta que murmuraba cerrando un libro de Apollinaire.

Luis Rogelio Nogueras

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Himnos de la Creación

No había inexistencia ni existencia, entonces.

Entonces no había lo existente ni lo no-existente.

No había reino del aire, ni del cielo, más allá de él.

¿Qué había dentro y dónde? ¿Y qué daba amparo?

¿Había agua allí, insondable profundidad de agua?

No había entonces muerte, ni había algo inmortal,

no había allí ningún signo, que dividiera los días y las noches.

Aquello Insondable respiraba por su propia naturaleza.

Aparte de eso, no había nada.



En el principio la oscuridad escondía la oscuridad.

Este todo era fluido, indeterminado.

El vacío estaba cubierto por el vacío.

Ese Uno nació por la omnipotencia de la intensión.



El deseo descendió sobre él en el principio,

siendo la primera semilla del pensamiento.

Los sabios, que han buscado en el corazón,

encontraron el nexo entre existencia e inexistencia.



Luego se extendió a través del vacío.

¿Había un abajo? ¿Había un arriba?

A continuación la naturaleza, la energía,

el poder de la fuerza abajo, el propósito arriba.



¿Quién lo conoce exactamente? ¿quién puede exponerlo aquí?

¿De dónde nació ? ¿de dónde se derramo?

Aquello era anterior a los dioses,

ellos vinieron después.



¿Quién sabe, dónde tiene su origen toda la creación?

él formó todo o tal vez no,

aquél que está, más allá del cielo supremo

él sabe todo o tal vez no.



(Rig Veda libro X, himno 129)

lunes, 19 de noviembre de 2012

Un poema de Boris Pasternak

MARBURG

Me estremecía. Me encendía y me apagaba.
Temblaba... propuse matrimonio,
demasiado tarde; fui tímido, y me negaron.
Cómo me duelen sus lágrimas ¡me siento feliz como un santo!

Salí a la plaza. Podrían decir que nacía
por segunda vez. La más pequeña bagatela
vivía, y sin prestarme ninguna atención
crecía en su importancia de despedida.

Devorando las nubes amarilleaban las arenas.
Un soplo de la tormenta futura jugaba en las cejas del matorral.
El cielo se horneaba caído sobre una inmensa gasa
que iba absorbiendo la sangre de una herida.

Aquel día te llevé toda conmigo, de tus peinetas a tus pies;
te sabía de memoria, y te repasaba
vagando por la ciudad, como un trágico de provincia
repasa un drama de Shakespeare.

Cuando me puse de rodillas frente a ti, abrazando
aquella niebla, aquel hielo, aquel espacio,
—qué bella eres— aquel torbellino de calor...
¿De qué hablas? ¡Recóbrate! Todo está perdido. Me repudió.

No. Mañana no iré allí. La negativa es más rotunda
que la despedida. Ahora estamos a mano.
El tumulto de la estación no me conviene.
¿Qué será de mí, antiguas lozas?

Para jugar conmigo al ajedrez se sienta la noche
en el piso de parquet iluminado por la luna.
Se huele la acacia y las ventanas están abiertas,
y la pasión, como un testigo, se encanece en un rincón.

El álamo es un rey. Juego con el insomnio.
La reina es un ruiseñor. Tiendo la mano al ruiseñor.
Y la noche vence, las figuras se retiran,
y reconozco el rostro blanco del amanecer.

BORIS PASTERNAK

viernes, 16 de noviembre de 2012

Un poema de Maram

Da tu alegría,
el resplandor de tus ojos,
el fuego de tu cuerpo
y tu paciencia.
Deja que el agua
enjuague tus lágrimas
y ahogue tus gemidos,
tú,
la amante.

Maram al-Masri

jueves, 15 de noviembre de 2012

Un poema de Nikolái Gumiliov

La palabra

En aquel tiempo, cuando sobre el nuevo mundo
Dios inclinó su rostro, la palabra
Era capaz de detener el sol
Y destruir ciudades.

Si la palabra navegaba por los aires
Como una llama rosa
El águila no agitaba sus alas
Ni las estrellas temerosas se quejaban a la luna.

Hubo días para la vida baja
La vida silvestre y cotidiana
Pues el precepto cuando es sabio abarca
Todos los matices de la razón.

El longevo profeta que ha conquistado
Para sí la maldad y la bondad
Dudando dirigirse al espíritu
Escribió la ley sobre la arena.

Hemos olvidado que de todas las zozobras humanas
Sólo la palabra se encuentra iluminada
Y que en el Evangelio de San Juan
Está escrito que la palabra es como Dios.
Los hombres le hemos impuesto fronteras
Límites indigentes y pobres
y cual abejas
Las palabras muertas huelen mal.

Nikolái Gumiliov

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Cuando el tren parte, de Wichy

Cuando el tren parte

Porque cuando el tren parte
ninguno de los pasajeros sabe que unos kilómetros de vía
son suficientes
para encontrar la cabeza de humo de un poeta y
destrozarla.
Porque cuando el tren parte
con un ruido de corazón de huracán
el que dejó algo importante olvidado en la estación
el invadido por una oscura nostalgia
el maquinista distraído
no saben que viajar en tren es siempre una aventura
que es posible llegar a cualquier sitio
entre la noche y el amanecer
o no llegar
porque hay un poeta tendido en la vía
y hay que esperar por el inspector para que determine
si la culpa es del maquinista distraído o de Atila Jozef
Si el tren pasó sobre el poeta
o fue el poeta quien pasó bajo el tren.

Luis Rogelio Nogueras

lunes, 12 de noviembre de 2012

Un poema de Alexander Block

El viento irrumpe, aúlla la nieve...

El viento irrumpe, aúlla la nieve,
y en la memoria por un instante resurge
aquel lugar, aquella orilla lejana...
Las flores débiles bajo la escarcha se marchitaron...

Y mis antiguas afecciones
susurran como la hierba seca...
Es de noche. Y en la noche, por un sendero tupido
voy hacia el abismo cubierto de nieve...

La noche, el bosque y la nieve. Y yo llevo
el peso odioso de los recuerdos...
De pronto, allá, se divisa una casita en un claro
y una muchacha canta en el bosque.

Alexander Block

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Un poema de Osip

En las tranquilas afueras
porteros con palas quitan la nieve
y yo, hombre de pie,
ando con barbudos mujiks.
Pasan mujeres con pañuelos
y ladran locos mastines,
y las rosas bermejas de los samovares
alumbran figones y casas.

Osip Mandelstam

martes, 6 de noviembre de 2012

Dos haikus zen

1
Zazén de la mañana.
En el silencio del dojo
un mirlo canta.

2
Zazén de la tarde.
Moscas vuelan
entre montañas vivientes.


Orlando Rodrigo Álvarez

lunes, 5 de noviembre de 2012

Tristia, de Osip Mandelstam

Tristia

Estudié la ciencia de la despedida
en las calvas quejas de la noche.
Rumian los bueyes y la espera se alarga,
la última hora de las vigilias de la ciudad.
Sigo el rito de esta noche del gallo,
cuando, tras llevar una penosa carga,
los ojos llorosos miraron a lo lejos,
y lágrimas de mujer se mezclaron con el canto de las musas.

¿Quién puede saber al oír la palabra "despedida"
qué separación nos aguarda?
¿Qué nos anuncia el canto del gallo
cuando la llama arde en la Acrópolis?
Y en la aurora de una nueva vida,
cuando en el zaguán perezosamente rumia el buey,
¿por qué el gallo, heraldo de la nueva vida,
en la muralla de la ciudad agita sus alas?

Y yo amo el hilo de la costumbre,
se desliza la canoa, susurra el huso.
Mira: a nuestro encuentro, como plumas de cisne
vuela ya, descalza, Delia.
!Oh mísera trama de nuestra vida,
donde es tan pobre el lenguaje de la alegría!
Todo pasó antes, todo se repetirá de nuevo.
Y sólo nos es dulce el instante del reconocimiento.

Que así sea: una figura transparente
yace inmaculada en el plato,
como la piel tersa de una ardilla.
Una muchacha, inclinada hacia la cera, la contempla.
No nos toca adivinar la suerte del Erebo.
Para las mujeres es cera lo que para los hombres es cobre.
A nosotros sólo en la batalla nos habla el destino,
y a ellas les es dado morir leyendo el futuro.

Osip Mandelstam

miércoles, 31 de octubre de 2012

Un poema de Maram al-Masri


He venido a ti pero sin perfume
y sin joyas
he venido a ti
como soy realmente
sin marco
sin falsedad
he venido a ti...
como habitante de la Tierra.


Maram al-Masri

viernes, 26 de octubre de 2012

Un poema de Nikolai Gumiliov

El sexto sentido

Maravilloso tener vino enamorado,
Y pan amoroso en el horno para nosotros,
Y una mujer, extenuada, a quien
Le ha sido dado deleitarnos.

Qué podemos hacer con esta aurora rosada
Que cobija los cielos helados,
Donde reina el silencio y el sosiego celeste,
¿Qué podemos hacer con tantos versos ineludibles?

Ni comer, ni beber, ni besar.
El instante vuela incontenible,
Y aunque nos esforcemos
Estamos condenados a pasar sin detenernos.

Somos como el niño que olvidando sus juegos
Espía, a veces el baño de las muchachas
Y sin saber nada acerca del amor
Se atormenta con tantos deseos misteriosos.

Como otrora en los bosques tupidos
Criaturas huidizas, bramando de impotencia,
Presentían sobre sus hombros
Las alas que aún no salían.

De igual manera, siglo tras siglo,
Bajo el escalpelo de la naturaleza y el arte,
grita nuestro espíritu, desfallece la carne,
Originando el órgano del sexto sentido.

Nikolai Gumiliov

miércoles, 24 de octubre de 2012

Poemas eróticos de Nogueras

POEMAS ERÓTICOS
(Fragmentos)

Nadie puede decir con certeza
si en el dibujo de Souza
la pareja terminó y descansa
o aún no ha comenzado.
Da lo mismo, sin embargo:
si terminaron, pueden volver a empezar,
si aún no han comenzado,
terminarán tarde o temprano.

Hay muchos modos de jugar
al caballo y al jinete.
Aquí, por ejemplo,
la muchachayegua tiene su premio,
pero también la muchachajinete tiene
el suyo.
Después, seguramente,
cambiarán los papeles.

LUIS ROGELIO NOGUERAS

martes, 23 de octubre de 2012

Un poema de Marina Tsvetáyeva

A TI, DENTRO DE UN SIGLO

A ti, que nacerás dentro de un siglo,
cuando de respirar yo haya dejado,
de las entrañas mismas de un condenado a muerte,
con mi mano te escribo.

¡Amigo, no me busques! ¡Los tiempos han cambiado
y ya no me recuerdan ni los viejos!
¡No alcanzo con la boca las aguas del Leteo!
Extiendo las dos manos.

Tus ojos: dos hogueras,
ardiendo en mi sepulcro -el infiernoy
mirando a la de las manos inmóviles,
la que murió hace un siglo.

En mis manos -un puñado de polvomis
versos. Adivino que en el viento
buscarás mi casa natal.
O mi casa mortuoria.

Orgullo: cómo miras a las mujeres,
las vivas, las felices; yo capto las palabras:
"¡Impostoras! ¡Ya todas están muertas!
Sólo ella está viva.

Igual que un voluntario le ha servido.
Conozco sus anillos y todos sus secretos.
¡Ladronas de los muertos!
¡De ella son los anillos!"

¡Mis anillos! Me pesa,
hoy me arrepiento
de haberlos regalado sin medida.
¡Y no supe esperarte!

También me da tristeza que esta tarde
tras el sol haya ido tanto tiempo
y he ido a tu encuentro,
dentro de un siglo.

Apuesto -dice él- que vas a maldecir
a todos mis amigos en sus oscuras tumbas.
¡Todos la celebraban! Pero un vestido rosa
nadie le ofreció.

¿Quién era el generoso? Yo no: soy egoísta.
No oculto mi interés si no me matas.
A todos les pedía cartas,
para por las noches besarlas.

¿Decirlo? ¡Lo diré! El no-ser es un tópico.
Y ahora, para mí, eres ardiente huésped.
Les negarás la gracia a todas las amantes
para amar a la que hoy es sólo huesos.

MARINA TSVETÁYEVA

viernes, 5 de octubre de 2012

Un poema de Rumi

El Señor ha susurrado algo
Al oído de las rosas,
Por eso se abren
Cada día a la caricia luminosa.

Ha murmurado algo a la piedra
Y por eso ha surgido
la gema preciosa que centellea
allá en el fondo de la mina.

También dice algo al oído del sol
Cuyas mejillas deslumbran
Con relucientes destellos.
¿Qué será lo que el Señor
Ha susurrado al oído del hombre
Para que éste sea capaz
De amar… incluso a Dios?

RUMI

lunes, 24 de septiembre de 2012

Gitanjali, de Rabindranath Tagore

1

Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas
una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida.
Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla de caña, y has
silbado en ella melodías eternamente nuevas.
Al contacto inmortal de tus manos, mi corazoncito se dilata sin fin en
la alegría, y da vida a la expresión inefable.
Tu dádiva infinita sólo puedo recogerla con estas pobres manitos mías.
Y pasan los siglos, y tú sigues derramando,
y siempre hay en ellas sitio que llenar.

2

Cuando tú me mandas que cante, mi corazón parece que va a romperse de
orgullo. Te miro y me echo a llorar.
Todo lo duro y agrio de mi vida se me derrite en no sé qué dulce
melodía, y mi adoración tiende sus alas, alegre
como un pájaro que va pasando la mar.
Sé que tú complaces en mi canto, que sólo vengo a ti como cantor. Y
con el fleco del ala inmensamente abierta
de mi canto, toco tus pies, que nunca pude creer que alcanzaría.
Y canto, y el canto me emborracha, y olvido quien soy, y te llamo
amigo, a ti que eres mi señor.

3

¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te escucho mudo de asombro!
La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va de cielo a cielo,
su raudal santo vence todos los pedregales y sigue,
en un torbellino, adelante.
Mi corazón anhela ser uno con tu canto, pero en vano busca su voz.
Quiero hablar, pero mi palabra no se abre en melodía;
y grito vencido. ¡Ay, cómo envuelves mi corazón en el enredo infinito
de tu música, Señor!

4

Quiere tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi vida, que has dejado
tu huella viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía, pues tú eres la
verdad que ha encendido la luz de la razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener siempre mi amor en
flor, pues que tú estás sentado en el sagrario
más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte en mis acciones, pues que sé que tú eres la
raíz que fortalece mi trabajo.

5

Sé indulgente conmigo un momento, y déjame sentarme a tu lado, que
luego terminaré lo que estoy haciendo.
Mi corazón, si no te ve, no tiene sosiego, y mi trabajo es como un
afán infinito en un fatigoso mar sin playas.
El verano ha venido hoy a mi ventana, zumbando y suspirando, y han
venido las abejas, trovadores en la corte del bosque florecido.
Es el tiempo de sentarse quieto frente a ti, el tiempo de cantarte, en
un ocio mudo y rebosante, la ofrenda de mi vida.

6

Anda, no esperes más; toma esta florcita, no se mustie y se deshoje.
Quizás no tengas sitio para ella en tu guirnalda; pero hónrala,
lastimándola con tu mano, y arráncala, no sea que se acabe
el día sin que yo me dé cuenta; y se pase el tiempo de la ofrenda.
Aunque su color sea tan pobre, y tan poco su olor, ¡anda, ten esta
flor para ti, arráncala ahora que es tiempo!

7

Mi canción, sin el orgullo de su traje, se ha quitado sus galas para
ti. Porque ellas estorbarían nuestra unión, y su campanilleo ahogaría
nuestros suspiros.
Mi vanidad de poeta muere de vergüenza ante ti, Señor, poeta mío. Aquí
me tienes sentado a tus pies. Déjame sólo
hacer recta mi vida y sencilla, como una flauta de caña, para que tú
la llenes de música.

8

El niño vestido de príncipe, colgado de ricas cadenas, pierde el gusto
de su juego, porque su atavío le estorba a cada paso.
Por temor a rozarse o a empolvarse, se aparta del mundo, y no se
atreve ni siquiera a moverse.
Madre, ¿gana él algo con ser esclavo de ese lujo que le aparta del
polvo saludable de la tierra, que le roba el derecho de entrar
en la gran fiesta de la vida de todos los hombres?

9

¡Necio, que intentas llevarte sobre tus propios hombros! ¡Pordiosero,
que vienes a pedir a tu propia puerta!
Deja todas las cargas en las manos de aquel que puede con todo, y
nunca mires atrás nostálgico.
Tu deseo apaga al punto la lámpara que toca con su aliento. ¡No tomes
sus dádivas malsanas con manos impuras!
¡Recoge sólo lo que te ofrece el amor sagrado!

10

Tienes tu escabel, y tus pies descansan, entre los más pobres, los más
humildes y perdidos.
Quiero inclinarme ante ti, pero mi postración no llega nunca a la cima
donde tus pies descansan entre los más pobres,
los más humildes y perdidos.
El orgullo no puede acercarse a ti, que caminas, con la ropa de los
miserables, entre los más pobres,
los más humildes y perdidos.
Mi corazón no sabe encontrar su senda, la senda de los solitarios, por
donde tú vas entre los más pobres,
los más humildes y perdidos.

11

Deja ya esa salmodia, ese canturreo, ese pasar y repasar rosarios. ¿A
quién adoras, di, en ese oscuro rincón solitario
del templo cerrado? ¡Abre tus ojos, y ve tu Dios no está ante ti!
Dios está donde el labrador cava la tierra dura, donde el picapedrero
pica la piedra; está con ellos, en el sol y en la lluvia,
lleno de polvo el vestido. ¡Quítate ese manto sagrado y baja con tu
Dios al terruño polvoriento!
¿Libertad? ¿Donde quieres encontrar libertad? ¿No se ha atado él
mismo, lleno de alegría a la Creación?
¡Sí, él está atado a nosotros todos para siempre!
¡Sal ya de tu éxtasis, déjate ya de flores y de incienso! ¿Qué importa
que tus ropas se manchen o se andrajen?
¡Ve a su encuentro, ponte a su lado, y trabaja, y que sude tu frente!

12

¡Cuánto tiempo dura mi viaje, y qué largo es mi camino!
Salí en la carroza del primer albor, y caminé a través de los
desiertos de los mundos,
dejando mi rastro por las estrellas infinitas.
La ruta más larga es la que sale más pronto a ti, y la más complicada
enseñanza no lleva sino a la perfecta sencillez
de una melodía.
El viajero tiene que llamar, una tras otra, a todas las puertas
extrañas para llegar a la suya; ha de vagar por todos
los mundos de afuera, si quiere llegar al fin a su santuario interior.
Mis ojos erraron por todos los confines antes de que yo los cerrara
diciendo: "Aquí estás". Y el grito y la pregunta:
"¡Ay!, ¿dónde?", se derriten en las lágrimas de mil raudales y ahogan
el mundo con el desbordamiento de su "¡Yo soy!".

13

La canción que yo vine a cantar, no ha sido aún cantada.
Mis días se me han ido afinando las cuerdas de mi arpa; pero no he
hallado el tono justo, y las palabras no venían bien.
¡Sólo la agonía del afán en mi corazón!
Aún no ha abierto la flor, sólo suspira el viento.
No he visto su cara, ni he oído su voz; sólo oí sus pasos blandos,
desde mi casa, por el camino.
Todo el día interminable de mi vida me lo he pasado tendiendo en el
suelo mi estera para él; pero no encendí la lámpara,
y no puedo decirle que entre.
Vivo con la esperanza de encontrarlo; pero ¿cuándo lo encontraré?

14

Mis deseos son infinitos, lastimeros mis clamores; pero tú me salvas
siempre con tu dura negativa.
Y esta recta merced ha traspasado de parte a parte mi vida.
Día tras día me haces digno de los dones grandes y sencillos que me
diste sin yo pedírtelos, el cielo y la luz, mi cuerpo,
mi vida y mi entendimiento; y me has salvado, día tras día, del
escollo de los deseos violentos.
A veces me retardo lánguido, a veces me despierto y me desvivo en
busca de mi fin; pero tú, cruel, te escondes de mí.
Día tras día, a fuerza de rehusarme, de librarme de los peligros del
deseo débil y vago,
me estás haciendo digno de ser tuyo del todo.

15

Estoy aquí para cantarte. Mi rinconcito está en este salón tuyo.
Nada tengo que hacer en este mundo tuyo; mi vida inútil no sabe más
que saltar en melodías sin razón.
Cuando en el oscuro templo de la medianoche dé la hora de adorarte en silencio,
¡mándame que te venga a cantar, maestro mío!
Cuando el arpa de oro esté afinada en el aire matutino, ¡hónrame tú
ordenando mi presencia!

16

Fui invitado a la fiesta de este mundo, y así mi vida fue bendita. Mis
ojos han visto, y oyeron mis oídos.
Mi parte en la fiesta fue tocar este instrumento; y he hecho lo que pude.
Y ahora te pregunto: ¿no es tiempo todavía de que yo pueda entrar, y
ver tu cara, y ofrecerte mi saludo silencioso?

17

Sólo espero al amor para entregarme al fin en sus manos. Por eso es
tan tarde, por eso soy culpable de tantas distracciones.
Vienen todos, con leyes y mandatos, a atarme a la fuerza; pero yo me
escapo siempre,
porque sólo espero al amor para entregarme, al fin, en sus manos.
Me culpan, me llaman atolondrado. Sin duda tienen razón.
Terminó el día de feria, y todos los tratos están ya hechos. Y los que
vinieron en vano a llamarme, se han vuelto, coléricos.
Sólo espero al amor para entregarme al fin en sus manos.

18

Las nubes se amontonan sobre las nubes, y oscurece. ¡Ay, amor! ¿por
qué me dejas esperarte, solo en tu puerta?
En el afán del mediodía, la multitud me acompaña; pero en esta
oscuridad solitaria, no tengo más que tu esperanza.
Si no me enseñas tu cara, si me dejas del todo en este abandono, ¿cómo
voy a pasar estas largas horas lluviosas?
Miro la lejana oscuridad del cielo, y mi corazón vaga gimiendo con el
viento sin descanso.

19

Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y lo tendré conmigo.
Y esperaré, quieto, como la noche en su desvelo
estrellado, hundida pacientemente mi cabeza.
Vendrá sin duda la mañana. Se desvanecerá la sombra, y tu voz se
derramará por todo el cielo, en arroyos de oro.
Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis nidos de pájaros,
y tus melodías estallarán en flores,
por todas mis profusas enramadas.

20

Aquel día en que abrió el loto, mi pensamiento andaba vagabundo, y no
supe que florecía.
Mi canasto estaba vacío, y no vi la flor.
Sólo de vez en cuando, no sé qué tristeza caía sobre mí; y me
levantaba sobresaltado de mi sueño, y olía un rastro
dulce de una extraña fragancia que erraba en el viento del sur.
Su vaga ternura traspasaba de dolor nostálgico mi corazón. Me parecía
que era el aliento vehemente del verano
que anhelaba completarse.
¡Yo no sabía entonces que el loto estaba tan cerca de mí, que era mío,
que su dulzura perfecta había florecido
en el fondo de mi propio corazón!

21

¿Cuándo echaré mi barca a la mar? Las horas lánguidas se me pasan en
la orilla ¡ay!
La primavera acabó de florecer y se ha ido. Y cargado de vanas flores
marchitas, espero y tardo.
Se han puesto las olas clamorosas, y en la vereda en sombra de la
orilla, las hojas amarillas aletean y caen.
¿Qué miras, di, en el vacío? ¿No sientes estremecerse el aire de una
canción lejana que viene, flotando, de la otra orilla?

22

En la profunda oscuridad de julio lluvioso, tú vas caminando en
secreto, mudo como la noche, evitando a los que te vigilan.
Hoy, la mañana ha cerrado sus ojos, sin hacer caso de la insistente
llamada del huracán del este,
y un espeso manto ha caído sobre el azul siempre alerta del cielo.
Los bosques han dejado de cantar, las puertas de las casas están todas
cerradas.
Tú eres el transeúnte solitario de la calle desierta.
¡Único amigo mío, mi más amado amigo; mira abiertas las puertas de mi
casa; no pases de largo como un sueño!

23

¿Has salido, esta noche de tormenta, en tu viaje de amor, amigo mío?
-El cielo se queja como un desesperado-. ¡No puedo dormir! Abro mi
puerta a cada instante, y miro a la oscuridad,
mas nada veo. Amigo mío, ¿dónde está tu camino, di?
¿Por qué vaga ribera de qué río de tinta, por qué lejano seto de qué
imponente floresta, a través de qué intrincada
profundidad oscura vienes trenzando tu ruta hacia mí, amigo mío?

24

Si se ha acabado el día, si ya no cantan los pájaros, si el viento
rendido ha flojeado, cúbreme bien con el manto de la sombra,
como has cerrado tiernamente las hojas del loto desfallecido en el crepúsculo.
¡Quítale la vergüenza y la pobreza al caminante que ha vaciado su
alforja antes de acabar el viaje,
que tiene roto y empolvado su vestido, cuya fuerza está exhausta;
renueva su vida, como una flor,
bajo el manto de la noche misericordiosa!

25

En la noche fatigada, déjame entregarme sin lucha al sueño, con mi
confianza en ti.
¡No consientas que fuerce mi espíritu flojo a una pobre preparación
para adorarte!
¿Acaso no eres tú quien corre el velo de la noche sobre los ojos
rendidos del día,
para renovar su sentido con la refrescada alegría del despertar?

26

Vino, y se sentó a mi lado; pero yo no desperté. ¡Maldito sueño aquél, ay!
Vino en la noche tranquila. Traía el arpa en sus manos, y mis sueños
resonaron con sus melodías.
¡Ay!, ¿por qué se van así mis noches? ¿Por qué no lo veo nunca cuando
su aliento está rozando mi sueño?

27

¡Luz! ¿Dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor brillante del deseo!
Aquí está la lámpara, pero ¿y el aleteo de la llama? ¿Es éste tu
destino, corazón? ¡Ay, cuánto mejor fuera la muerte!
La miseria llama a tu puerta, y te dice que tu señor está desvelado,
que te llama en cita de amor, entre la sombra de la noche.
Los nubarrones cubren el cielo, la lluvia no para. ¡No sé qué es esto
que se mueve en mí, no sé qué quiere decir esto que siento!
El resplandor momentáneo del relámpago me arrolla una sombra más
profunda sobre los ojos.
Mi corazón busca a ciegas por el camino que va adonde la música de la
noche me está llamando.
¡Luz! ¡Ay!, ¿dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor brillante del deseo!
-Truena, y el viento se abalanza clamoroso, y la noche está negra como
la pizarra.
-¡No dejes que pasen las horas en la sombra! ¡Enciende la lámpara del
amor con tu vida!

28

Firmes son mis ataduras; pero mi corazón me duele si trato de romperlas.
No deseo más que libertad; peor me da vergüenza su esperanza.
Sé bien qué tesoro inapreciable es el tuyo, que tú eres mi mejor
amigo; pero no tengo corazón para barrer el oropel
que llena mi casa.
De polvo y muerte es el sudario que me cubre. ¡Qué odio le tengo! Y,
sin embargo, lo abrazo enamorado.
Mis deudas son grandes, infinitos mis fracasos, secreta mi vergüenza y
dura. Pero cuando vengo a pedir mi bien,
tiemblo temeroso, no vaya a ser oída mi oración.

29

Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi nombre. Día tras día,
levanto, sin descanso, este muro a mi alrededor;
y a medida que sube al cielo, se me esconde mi ser verdadero en la
sombra oscura.
Este hermoso muro es mi orgullo, y lo enluzco con cal y arena, no vaya
a quedar el más leve resquicio. Y con tanto
y tanto cuidado, pierdo de vista mi verdadero ser.

30

Salí solo a mi cita. ¿Quién es ese que me sigue en la oscuridad silenciosa?
Me echo a un lado para que pase, pero no pasa.
Su marcha jactanciosa levanta el polvo, su voz recia duplica mi palabra.
¡Señor, es mi pobre yo miserable! Nada le importa a él de nada; pero
¡qué vergüenza la mía de venir con él a tu puerta!

31

"Prisionero, ¿quién te encadenó?".
"Mi Señor", dijo el prisionero. "Yo creí asombrar al mundo con mi
poder y mi riqueza, y amontoné en mis cofres
dinero que era de mi Rey. Cuando me venció el sueño, me eché sobre el
lecho de mi Señor.
Y al despertar, me encontré preso en mi propio tesoro."
"Prisionero, ¿quién forjó esta cadena inseparable?"
Dijo el prisionero: "Yo mismo la forjé cuidadosamente. Pensé cautivar
al mundo con mi poder invencible;
que me dejara en no turbada libertad. Y trabajé, día y noche, en mi
cadena, con fuego enorme y duro golpe.
Cuando terminé el último eslabón, vi que ella me tenía agarrado."

32

Los que me aman en este mundo, hacen todo cuanto pueden por retenerme;
pero tú no eres así en tu amor,
que es más grande que ninguno, y me tienes libre.
Nunca se atreven a dejarme solo, no los olvide; pero pasan y pasan los
días, y tú no te dejas ver.
Y aunque no te llame en mis oraciones, aunque no te tenga en mi
corazón, tu amor siempre espera a mi amor.

33

Entraron en mi casa con alba, diciendo: "Cabremos bien en el cuarto
más pequeño".
Decían: "Te ayudaremos en el culto de tu Dios, y nuestra humildad
tendrá de sobra con la parte de gracia que le toque".
Y se sentaron en un rincón, y estaban quietos y sumisos.
¡Pero en la oscuridad de la noche sentí que forzaban la entrada de mi
santuario, fuertes e iracundos; que se llevaban,
con codicia impía, las ofrendas del altar de Dios!

34

Que sólo quede de mí, Señor, aquel poquito con que pueda llamarte mi todo.
Que sólo quede de mi voluntad aquel poquito con que pueda sentirte en
todas partes, volver a ti en cada cosa,
ofrecerte mi amor en cada instante.
Que sólo quede de mí aquel poquito con que nunca pueda esconderte.
Que sólo quede de mis cadenas aquel poquito que me sujete a tu deseo,
aquel poquito con que llevo a cabo tu propósito en mi vida; la cadena
de tu amor.

35

Permite, Padre, que mi patria se despierte en ese cielo donde nada
teme elalma, y se lleva erguida la cabeza;
donde el saber es libre; donde no está roto el mundo en pedazos por
las paredes caseras;
donde la palabra surte de las honduras de la verdad; donde el luchar
infatigable tiende sus brazos a la perfección;
donde la clara fuente de la razón no se ha perdido en el triste arenal
desierto de la yerta costumbre;
donde el entendimiento va contigo a acciones e ideales ascendentes...
¡Permite, Padre mío, que mi patria se despierte en ese cielo de libertad!

36

Mi oración, Dios mío, es ésta:
Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis pesares.
Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni doblar mi rodilla al
poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad.

37

Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado todo mi poder;
que mi sendero estaba ya cerrado,
que había ya consumido todas mis provisiones, que era el momento de
guarecerme en la silenciosa oscuridad.
Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en mí. Y cuando las
palabras viejas se caen secas de mi lengua,
nuevas melodías estallan en mi corazón; y donde las veredas antiguas
se borran, aparece otra tierra maravillosa.

38

¡Te necesito a ti, sólo a ti! Deja que lo repita sin cansarse mi
corazón. Los demás deseos que día y noche me embargan,
son falsos y vanos hasta sus entrañas.
Como la noche esconde en su oscuridad la súplica de la luz, en la
oscuridad de mi inconsciencia resuena este grito:
¡Te necesito a ti, sólo a ti!
Como la tormenta está buscando paz cuando golpea la paz con su
poderío, así mi rebelión golpea contra tu amor y grita:
¡Te necesito a ti, sólo a ti!

39

Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como un chubasco de
misericordia.
Cuando la gracia de la vida se me haya perdido, ven a mí con un
estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en todo, cerrándome el
más allá, ven a mí, Señor del silencio,
con tu paz y tu sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado cobardemente en un
rincón, rompe tú mi puerta, Rey mío,
y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendimiento, con polvo y engaño,
¡Vigilante santo, ven con tu trueno y tu resplandor!

40

¡Cuánto tiempo hace que no llueve, Dios mío, en mi seco corazón! El
horizonte está ferozmente desnudo, ni el más delgado
vapor de la nube más suave, ni el más vago indicio del fresco chubasco
más lejano.
¡Manda tu tormenta furibunda, negra y mortífera, si quieres, y
sobresalta de parte a parte el cielo, con el látigo de tu relámpago!
¡Pero, recoge, Señor, llama a ti este calor silencioso que todo lo
penetra, quieto y cruel;
este calor terrible que quema al corazón su esperanza!
¡Que la nube de gracia descienda y se incline a mí, como la mirada
llorosa de la madre, el día de la cólera paterna!

41

¿Dónde estás tú, amor mío? ¿Por qué te escondes detrás de todos, en la sombra?
¡Te empujan y te pasan por el camino polvoriento, creyendo que no eres nadie!
Yo no sé el tiempo que hace que te espero, cansado, con mis ofrendas para ti;
y los que van y vienen, toman mis flores, una a una, y dejan vacío mi canasto.
Pasaron mañana y mediodía. Es el anochecer, y mis ojos están caídos de
sueño en la sombra.
Los hombres que vuelven a sus hogares, me miran sonriendo, y me avergüenzan.
Estoy sentada como una muchacha mendiga, con la falda por la cara.
Y cuando me preguntan qué quiero, bajo los ojos y callo.
¡Ay!, ¿cómo les voy a decir que te espero a ti, que tú me has
prometido que vendrás? ¿Cómo me dejaría decir mi timidez que esta
miseria mía es la dote que te guardo? ¡Ay!, ¡cómo aprieto este orgullo
contra mí, en el secreto de mi corazón!
Sentada en la yerba, miro al cielo y sueño con el súbito esplendor de
tu llegada. Llamean mil antorchas, los gallardetes de oro vuelan sobre
tu carro, y los caminantes miran boquiabiertos cómo desciendes de tu
asiento y me alzas del polvo, cómo sientas a tu lado a esta
mendiguilla andrajosa, que tiembla de orgullo y de vergüenza como una
enredadera en la brisa del verano.
Pero pasa el tiempo, y no se oyen las ruedas de tu carroza. ¡Cuánta
procesión va y viene, palpitante, entre gritos y relumbrones de
gloria! ¿Sólo eres tú quien tiene que seguir en la sombra, callado
detrás de todos? ¿Sólo soy yo quien ha de esperar y llorar y gastar,
en vano afán, su corazón?

42

En el alba, se murmuró que tú y yo habíamos de embarcarnos solos,
y que nadie en el mundo sabría nada de nuestro viaje sin fin y sin objeto.
Por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa arrobada, mis
canciones henchirían sus melodías, libres como las olas,
libres de la esclavitud de las palabras.
¿No es la hora todavía? ¿Aún hay algo que hacer? Mira, el anochecer
cae sobre la playa, y en la luz que se apaga,
los pájaros del mar vuelven a sus nidos.
¿Cuándo se soltarán las amarras, y la barca, como el último vislumbre
del poniente, se desvanecerá en la noche?

43

Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin que yo te lo
pidiera, en mi corazón, como un desconocido cualquiera,
Rey mío; y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida.
Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el polvo, con tu sello,
entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días
olvidados.
Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que
escuché en mi cuarto de juguetes, son los mismos
que resuenan ahora de estrella en estrella.

44

Mi alegría es vigilar, esperar junto al camino, donde la sombra va
tras la luz, y la lluvia sigue los pasos del verano.
Mensajeros, que traen nuevas de cielos desconocidos, me saludan y
siguen aprisa por la senda. Mi corazón late contento
dentro de mí, y el aliento de la brisa que pasa me es dulce.
Del alba al anochecer, estoy sentado en mi puerta. Sé que, cuando
menos lo piense, vendrá el feliz instante en que veré.
Mientras, sonrío y canto solo. Mientras, el aire se está llenando del
aroma de la promesa.

45

¿No oíste, sus pasos silenciosos? El viene, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad, todos los días y todas las noches, él
viene, viene, viene siempre.
He cantado muchas canciones y de mil maneras; pero siempre decían sus
notas: él viene, viene, viene siempre.
En los días fragantes del soleado abril, por la vereda del bosque, él
viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio, sobre el carro
atronador de las nubes, él viene, viene, viene siempre.
De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen mi corazón, y el
dorado roce de sus pies es lo que hace brillar mi alegría.

46

No sé desde qué tiempos distantes estás viniendo a mí. Tu sol y tus
estrellas no podrán nunca esconderte de mí para siempre.
¡Cuántas mañanas y cuántas noches he oído tus pasos! ¡Cuántas tu
mensajero entró en mi corazón y me llamó en secreto!
Hoy, no sé por qué, mi vida está loca, y una trémula alegría me pasa el corazón.
Es como si hubiese llegado el tiempo de acabar mi trabajo. Y siento en
el aire no sé qué vago aroma de tu dulce presencia.

47

Se me ha pasado la noche esperándolo en vano. Tengo miedo, no vaya a
venir, de pronto, con la mañana, a mi puerta, cuando yo me haya
quedado dormido de cansancio. ¡Amigos, dejadle franco el camino, no le
prohibáis que pase!
Si el rumor de sus pasos no me despertara, os ruego que no vayáis a
despertarme. ¡Y ojalá no me despertara tampoco el coro gritón de los
pájaros, ni el alboroto del viento en la fiesta de la luz del
amanecer! ¡No me despertéis, aunque mi Señor venga de pronto
a mi puerta!
¡Ay, sueño mío, precioso sueño, que sólo espera su roce para
desvanecerse! ¡Ay, mis ojos cerrados, que se abrirían a la luz de su
sonrisa, si él surgiera ante mí, como un sueño, de la oscuridad de mi
sueño!
¡Que se aparezca él a mis ojos como la luz primera y la primera forma!
¡Que el primer estremecimiento de alegría le venga a mi alma amanecida
de su mirar! ¡Que mi retorno a mí mismo sea volver de pronto a él!

48

El mañanero mar del silencio se quebró en ondas de cantos de pájaros.
Las flores estaban contentas junto al camino.
Un tesoro de oro se derramó por entre las rajadas nubes. Pero nosotros
seguíamos a prisa nuestro camino, sin hacer caso.
No cantábamos nuestra alegría ni jugábamos; no nos llegamos a la aldea
a comprar ni a vender; no hablábamos ni sonreíamos,
ni nos parábamos a descansar. Ibamos más de prisa cada vez, con las horas.
Llegó el sol al cenit, y las tórtolas se arrullaron en la sombra; las
hojas secas danzaron y volaron en el aire caliente del mediodía;
el pastorcillo se adormiló a la sombra del baniano. Y yo me eché,
orilla del agua, y estiré mi cuerpo rendido sobre la yerba.
Mis compañeros me insultaron con desprecio y, erguidas las cabezas,
sin mirar atrás ni pararse un instante, siguieron afanosos
y se perdieron en la brumosa lejanía azul. Cruzaron prados y colinas,
pasaron extraños países distantes...
¡Sea tuyo todo el honor, escuadrón heroico del sendero interminable!
Tu mofa y tu reproche me tentó a levantarme;
pero yo no respondí; me di por bien perdido en la cima de mi alegre
humillación, a la sombra de una vaga felicidad.
La paz de la verde sombra, que el sol recamaba, se tendió lenta sobre
mi corazón. Olvidé el porqué de mi viaje y perdí, sin lucha,
mi pensamiento en un laberinto de sombras y canciones.
Y cuando salí de mi sueño, mis ojos abiertos te vieron ante mí,
anegando mi sueño en tu sonrisa. ¿Cómo había yo pensado
que era lago y penoso el camino, que no era necesario luchar tanto
para alcanzarte?

49

Bajaste de tu trono, y te viniste a la puerta de mi choza.
Yo estaba solo, cantando en un rincón, y mi música encantó tu oído. Y
tú bajaste y te viniste a la puerta de mi choza.
Tú tienes muchos maestros en tu salón, que, a toda hora, te cantan.
Pero la sencilla copla ingenua de este novato te enamoró;
su pobre melodía quejumbrosa, perdida en la gran música del mundo.
Y tú bajaste con el premio de una flor, y te paraste a la puerta de mi choza.

50

Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea,
cuando tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y
yo me preguntaba, maravillado quién sería aquel Rey de reyes.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se
habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros
derramados por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí
que la felicidad de la vida me había llegado al fin.
Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: "¿Puedes darme alguna cosa?".
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba
confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un
granito de trigo, y te lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el
suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué
amargamente lloré de no haber tenido corazón para dárteme todo!

51

Oscureció. Nuestro trabajo estaba cumplido. Creíamos que había llegado
ya el último huésped de la noche y que las puertas
de la aldea estaban todas cerradas. Alguno dijo que el Rey tenía que
venir. Y nos reímos y dijimos: "No puede ser".
Creímos que habían llamado a la puerta, pero pensamos que sería el
viento. Y apagamos las lámparas y nos echamos a dormir. Alguno dijo:
"Es el Heraldo del Rey". Y nos reímos y dijimos: "No, es el viento".
Se oyó un ruido en la cerrazón de la noche. En nuestro duermevela, nos
pareció un trueno lejano.
Y tembló la tierra y se mecieron los muros, sobresaltando nuestro
sueño. Alguno dijo que era un rodar de ruedas.
Y contestamos adormilados: "No, debe ser el carro de las nubes".
Aún era de noche cuando sonó el tambor. Y oímos: "¡Despertad pronto!".
Temblando de espanto, nos tomábamos
el corazón con las manos. Alguno dijo: "¡Mirad la bandera del Rey!". Y
nos levantamos gritando: "¡No hay tiempo que perder!".
Aquí está el Rey, pero ¿y las antorchas, y las guirnaldas, y el trono
para él? ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
¿Dónde está el salón? ¿Dónde las colgaduras? Alguno dijo: "¿A qué
viene ese lamento?
¡Saludadlo con manos vacías, entradlo en vuestros cuartos desnudos!".
¡Abrid las puertas! ¡Que suenen las trompetas! ¡Ha venido el Rey de
nuestra triste casa oscura, en la profundidad de la noche! ¡Truena el
cielo, y el relámpago estremece las tinieblas! ¡Saca tu esterilla
andrajosa y tiéndela en el patio,
que nuestro Rey de la noche horrible ha venido, de pronto, en la tormenta!

52

Pensé pedirte la guirnalda de rosas de tu cuello, pero no me atreví. Y
esperé la mañana, y cuando te fuiste,
tomé algunos pedacitos de flores de tu lecho. Y como una mendiga,
buscaba por la aurora alguna hojita perdida.
¡Ay!, ¿y qué he encontrado?, ¿qué me queda de tu amor? ¡Ni flor, ni
especias, ni frasco de perfume, sino tu espada terrible, destellante
como una llama, pesada como el rayo!
La luz nueva de la mañana entra por la ventana y se tiende en tu
lecho. El pájaro primero me pregunta piando:
"¿Qué encontraste, mujer?" ¡No, no es flor, ni especias, ni redoma de
perfume, sino tu espada terrible!
Me siento a meditar, maravillada, en esta dádiva tuya. No sé dónde
esconderla. Me da vergüenza ponérmela, tan débil como soy. Me duele
cuando la aprieto contra mi pecho. Sin embargo, llevaré esta dádiva
tuya, esta carga de dolor, en mi corazón.
Nada temeré en el mundo ya, y tú serás victorioso en todas mis luchas.
Tú me has dado por compañera a la muerte,
y yo la coronaré con mi vida. ¡Aquí tengo tu espada para cortar mis
ataduras! ¡Nada temeré ya en el mundo!
¡Lejos de mí, desde hoy, los adornos vanos! ¡Señor de mi corazón, ya
no lloraré, ni desesperaré más por los rincones;
ya no seré nunca más tímida ni mimosa! ¡Me has dado, para adornarme,
tu espada! ¡Lejos de mí, los adornos de muñeca!

53

¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas, incrustada
mágicamente con joyas de mil colores;
pero cuánto más bella es tu espada con su curva de relámpago, como las
alas abiertas del pájaro divino de Vishnu,
cuando vuela tranquilo en la irritada luz roja del ocaso!
Se estremece como la última respuesta solitaria de la vida estática de
dolor, al golpe decisivo de la muerte.
Brilla igual que la pura llama de la vida, cuando abrasa la impureza
diaria en el destello furibundo.
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas! Pero tu espada, Señor
del trueno, está forjada con belleza definitiva,
¡y es terrible a los ojos y al pensamiento!

54

Nada te pedí; ni siquiera te dije mi nombre al oído. Y cuando te
despediste, me quedé silenciosa.
Yo estaba sola junto al pozo, donde caía la sombra oblicua del árbol.
Las mujeres se volvían a sus casas
con sus cántaros morenos de barro rebosantes, y me gritaron: "¡Ven,
que va a ser mediodía!".
Pero yo me retardaba lánguidamente, perdida en vagos pensamientos.
No oí tus pasos cuando venías. Cuando me miraste, tenías tristes los
ojos; y con qué fatigada voz me dijiste bajo:
"¡Ay, qué sed tiene el pobre caminante!". Desperté sobresaltada de mis
ensueños y eché agua de mi cántaro en tus palmas juntas...
Las hojas se rozaban sobre nuestras cabezas, el cuclillo cantaba desde
la sombra invisible, y de la revuelta del camino
venía el perfume de las flores.
Cuando me preguntaste mi nombre, ¡me dio una vergüenza!
Verdaderamente, ¿qué había hecho yo para merecer tu recuerdo?
Pero el recordar que yo pudiera quitarte tu sed con mi agua, se me ha
quedado en el corazón,
y lo envolverá para siempre de su dulzura.
Ya pasó la mañana, el pájaro canta monótono, las hojas del árbol
murmuran allá arriba. Y yo, sentada, pienso, pienso...

55

Aún está lánguido tu corazón, aún se te cierran los ojos de sueño.
¿No sabes que la flor está reinando, esplendorosa, entre espinas?
¡Despierta, despierta! ¡No dejes pasar el tiempo en vano!
Allá al fin del sendero guijarroso, en una solitaria tierra virgen, mi
amigo está sentado solitario. ¡No lo engañes esperándote! ¡Despierta,
despierta!
¿Qué si el cielo jadea y palpita en la brasa del mediodía? ¿Qué si la
arena hirviente tiende su manto sediento?
¿No sientes alegría en la profundidad de tu corazón? ¿No se abrirá el
arpa del camino, a cada paso tuyo, en suave música de dolor?

56

¡Qué plenitud la de tu alegría en mí! ¡Qué descendimiento a mí el
tuyo! Señor de todos los cielos, si yo no existiera,
¿qué sería de tu amor?
Tú me tienes como compañero de tu tesoro; tus alegrías están jugando
sin parar en mi corazón y tu voluntad está siempre recreándose en mi
vida.
Por eso tú, Rey de reyes, te has adornado tan hermosamente, enamorado
de mi corazón. Por eso te pierdes de amor en el amor
de tu amante. Y allí eres visto, en la perfecta unión de los dos.

57

¡Luz, luz mía, luz que llenas el mundo, luz que besas los ojos, que
haces dulce el corazón!
¡Ay, cómo salta la luz, amor mío, en medio de mi vida! ¡Cómo hiere,
amor mío, las cuerdas de mi amor! El cielo se abre,
y corre loco el viento, y la risa se desboca por toda la tierra.
Las mariposas tienden sus velas por el mar de luz, y sobre la cresta
de las olas de luz, abren lirios y jazmines.
La luz se derrite en oro en cada nube, amor mío, y luego se derrama en
pedrerías sin fin.
Un alborozo nuevo va de hoja en hoja, amor mío un gozo sin límites.
¡El río del cielo ha roto sus riberas, y todo brilla, inmensamente
inundado de alegría!

58

¡Que todas las alegrías se unan en mi última canción: la alegría que
hace desbordarse a la tierra en el exceso desenfrenado de la yerba; la
alegría que echa a bailar vida y muerte, hermanas gemelas, por el
vasto mundo; la alegría que la tempestad barre adentro, despertando y
sacudiéndolo todo con su carcajada; la alegría que se sienta, en paz
con sus lágrimas, en el abierto loto rojo del dolor; la alegría que
tira cuando tiene; la alegría que lo ignora todo!

59

Sí, ya sé, amado de mi corazón, que todo esto, esta luz de oro salta
por las hojas, estas nubes ociosas que navegan por el cielo,
esta brisa pasajera que me va refrescando la frente; ya sé que todo
esto no es más que tu amor.
Esta luz de la mañana, que me inunda los ojos, no es sino tu mensaje a
mi alma. Tu rostro se inclina a mí desde su cenit,
tus ojos miran abajo, a mis ojos y tus pies están sobre mi corazón.

60

En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. El cielo
infinito se en calma sobre sus cabezas; el agua, impaciente,
se alborota. En las playas de todos los mundos, los niños se reúnen,
gritando y bailando.
Hacen casitas de arena y juegan con las conchas vacías. Su barco es
una hoja seca que botan, sonriendo, en la vasta profundidad. Los niños
juegan en las playas de todos los mundos.
No saben nadar; no saben echar la red. Mientras el pescador de perlas
se sumerge por ellas, y el mercader navega en sus navíos,
los niños recogen piedritas y vuelven a tirarlas. Ni buscan tesoros
ocultos, ni saben echar la red.
El mar se alza, en una carcajada, y brilla pálida la playa sonriente.
Olas asesinas cantan a los niños baladas sin sentido,
igual que una madre que meciera a su hijo en la cuna. El mar juega con
los niños, y, pálida, luce la sonrisa de la playa.
En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. Rueda la
tempestad por el cielo sin caminos, los barcos naufragan
en el mar sin rutas, anda suelta la muerte, y los niños juegan. En las
playas de todos los mundos, se reúnen, en una gran fiesta,
todos los niños.

61

¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa, volando, por los ojos
del niño? Sí. Dicen que mora en la aldea de las hadas;
que por la sombra de una floresta vagamente alumbrada de luciérnagas,
cuelgan dos tímidos capullos de encanto,
de donde viene el sueño a besar los ojos del niño.
¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela por los labios del
niño dormido? Sí. Cuentan que, en el ensueño
de una mañana de otoño, fresca de rocío, el pálido rayo primero de la
luna nueva, dorando el borde de una nube que se iba,
hizo la sonrisa que vaga en los labios del niño dormido.
¿Sabe alguien en dónde estuvo escondida tanto tiempo la dulce y suave
frescura que florece en las carnecitas del niño? Sí.
Cuando la madre era joven, empapaba su corazón de un tierno y
misterioso silencio de amor, la dulce y suave frescura
que ha florecido en las carnecitas del niño.

62

Hijo mío, cuando te traigo juguetes de colores, comprendo por qué hay
tantos matices en las nubes y en el agua ,
y por qué están pintadas las flores tan variadamente..., cuando te doy
juguetes de colores, hijo mío.
Cuando te canto para que tú bailes, adivino por qué hay música en las
hojas, y por qué entran los coros de voces de las olas
hasta el corazón absorto de la tierra..., cuando te canto para que tú bailes.
Cuando colmo de dulces tus ávidas manos, entiendo por qué hay mieles
en el cáliz de la flor, y por qué los frutos se cargan secretamente,
de ricos jugos..., cuando colmo de dulces tus ávidas manos.
Cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír, sé bien cuál es
la alegría que mana del cielo en la luz del amanecer,
y el deleite que traen a mi cuerpo las brisas del verano..., cuando
beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír.

63

Tú me has traído amigos que no me conocían. Tú me has hecho sitio en
casas que me eran extrañas.
Tú me has acercado lo distante y me has hermanado con lo desconocido.
Mi corazón se me inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado.
Olvido que lo antiguo está en lo nuevo,
que en lo nuevo vives también tú.
En el nacimiento y en la muerte, en este mundo o en otro, en cualquier
sitio donde tú me lleves, tú eres tú mismo, el único compañero de mi
vida infinita, tú que estás atando siempre mi corazón, con lazos de
alegría, a lo ignorado.
Pero cuando se te conoce, nadie es extranjero, ninguna puerta está
cerrada. ¡Señor, concédeme esto que te pido:
que yo no pierda nunca la felicidad de encontrar lo único en este
juego de lo diverso!

64

Por la ladera del río desolado, entre las yerbas altas, le pregunté:
"Muchacha, ¿a dónde vas con tu lámpara bajo el manto?
Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu luz!". Levantó sus ojos un
instante, me miró al rostro en la penumbra, y dijo:
"¡He venido al río a echar mi lámpara en la corriente, ahora que muere
en ocaso la luz del día!".
Y entre las altas yerbas me quedé mirando,
solitario, cómo la lucecita de la lámpara se iba inútilmente en la marea.
En el silencio de la noche que se echaba encima, le pregunté: "Tus
luces están todas encendidas, muchacha.
¿A dónde vas con tu lámpara? Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu
luz!". Levantó sus ojos oscuros a mi cara,
y se estuvo dudosa un momento: "He venido -dijo al fin- a ofrecer mi
lámpara al cielo". Yo me quedé mirando la lucecita,
que temblaba inútilmente en el vacío.
En la negrura sin luna de la medianoche, le pregunté: "Muchacha, ¿qué
buscas, si tienes la lámpara junto a tu corazón?
Mi casa está oscura y sola. ¡Préstame tu luz!". Se paró un momento,
pensándolo, y me miró fijamente en la oscuridad.
"He traído mi luz -dijo- para el Carnaval de las lámparas." Yo me
quedé mirando cómo su lucecita se perdía inútilmente
entre las luces.

65

¿Qué divina bebida quieres tú, Dios mío, de esta rebosante copa de mi vida?
Poeta mío, ¿te encanta ver la creación con mis ojos; oír, silencioso,
en los umbrales de mis oídos, tu propia armonía eterna?
Tu mundo teje palabras en mi pensamiento, y tu alegría las hace más
melodiosas. Te me das, enamorado, y luego sientes toda
tu propia dulzura en mí.

66

La que, en un crepúsculo de destellos y vislumbres, vivió siempre en
el fondo de mi corazón; la que nunca abrió sus velos
en la luz de la mañana, irá a ti, Dios mío, en mi última canción, como
mi ofrenda última.
La cortejaron las palabras, pero no pudieron hacerla suya; y en vano
la persuasión le ha tendido sus brazos vehementes.
He vagado por todos los países, con ella en el alma de mi corazón; y
mi vida, a su alrededor,
se ha levantado y se ha caído, grande y débil.
Reinó sobre mis pensamientos y mis actos, sobre mis sueños y mis
ensueños, y, sin embargo, vivió sola y aparte.
Los hombres que llamaron a mi puerta, preguntando por ella, se fueron
desesperados.
Nadie en el mundo la pudo nunca mirar frente a frente; y espera, en
soledad, tu reconocimiento.

67

Eres, a un tiempo, el cielo y el nido.
Hermoso mío, aquí en el nido, tu amor aprisiona el alma con colores,
olores y música.
¡Cómo viene la mañana, con su cesta de oro en la diestra, donde trae
la guirnalda de la hermosura, para coronar,
en silencio, la tierra!
¡Cómo viene el anochecer por las veredas no pisadas de los prados
solitarios, que ya abandonaron los rebaños! Trae,
en su jarra de oro, la fresca bebida de la paz, recogida en el mar
occidental del descanso.
Pero donde el cielo infinito se abre, para que lo vuele el alma, reina
la blanca claridad inmaculada. Allí no hay día ni noche,
ni forma, ni color, ¡ni nunca, nunca una palabra!

68

Tu rayo de sol viene, con los brazos abiertos, a esta tierra mía, y se
pasa el día en mi puerta. Luego, a la vuelta,
te lleva a tus pies nubes hechas de mis lágrimas, de mis suspiros y de
mis canciones.
Enamorado y alegre, tú rodeas tu pecho estrellado con ese manto de
nubes de niebla, y los pliegas innumerablemente,
y lo pintas de colores infinitos.
Es tan ligero, tan suave, tan tiernamente lloroso, tan oscuro, que tú,
sereno y sin mancha los amas. Así puedes velar
tu terrible resplandor blanco con sus patéticas sombras.

71

Tu maya es que yo sea cuanto pueda ser, que eche, en mil vueltas, mil
sombras de colores sobre tu resplandor.
Pones una valla a tu propio ser, y luego llamas, con voces infinitas,
a tu ser separado. Y esta parte de ti mismo
es la que ha encarnado en mí.
Tu canción penetrante va resonando por todo el cielo en lágrimas
multicolores y en sonrisas, en sustos y esperanzas.
Se levantan olas y vuelven a hundirse, se quiebran los sueños y se
completan. Yo soy la propia derrota de tu ser.
La cortina que tú has echado, está pintada con figuras innumerables,
por el pincel del día y de la noche. Tras ella
tienes tu asiento, tejido en un maravilloso misterio de curvas, sin
una sola estéril línea recta.
La gran comitiva de nosotros dos llena el cielo. Todo el aire está
vibrando con nuestra melodía, y las edades pasan
todas en este jugar al escondite, de nosotros dos.

72

Es él, mi más íntimo él, quien despierta mi vida con sus profundas
llamadas secretas.
El, quien pone este encanto en mis ojos; quien pulsa, alegremente, las
cuerdas de mi corazón en su múltiple armonía
de placer y de pesar.
El, quien teje la tela de esta maya con matices tornasoles de oro y
plata, azul y verde; quien asoma por sus pliegues los pies,
cuyo contacto me enajena.
Los días pasan, mueren los años, y él sigue moviendo mi corazón con
mil nombres, con mil disfraces,
en innumerables transportes de placer y de pesar.

73

La libertad no está para mí en la renunciación. Yo siento su brazo en
infinitos lazos deleitables.
Siempre estás tú escanciándome, llenándome este vaso de barro, hasta
arriba, con el fresco brebaje
de tu vino multicolor, de mil aromas.
Mi mundo encenderá sus cien distintas lámparas en tu fuego, y las
pondrá ante el altar de tu templo.
No, nunca cerraré las puertas de mis sentidos. Los deleites de mi
vista, de mi oído y de mi tacto, soportarán tu deleite.
Todas mis ilusiones arderán en fiesta de alegría, y todos mis deseos
madurarán en frutos de amor.

74

Ha muerto el día, y la sombra anega la tierra. Voy al río, que ya es
la hora, a llenar mi jarra.
El aire oscuro está afanoso con la música triste del agua, que me está
diciendo que vaya, en el crepúsculo.
Nadie pasa por el callejón solitario. Se levanta el viento, y las olas
tiemblan y se encabritan en el río.
No sé si volveré. No sé con quién me voy a encontrar. En el vado, el
hombre desconocido toca, en su barquilla, su laúd.

75

Los regalos que nos das colman nuestras necesidades, y, sin embargo,
vuelven a ti sin perder nada.
El río cumple su trabajo cotidiano, corriendo entre campos y aldeas;
peor su corriente incesante serpentea
hacia ti para lavarte los pies.
La flor endulza el aire con su aroma; pero su último servicio es ofrecerse a ti.
Tu culto no empobrece en nada al mundo.
Las palabras del poeta dan a cada hombre el sentido que ellos quieren;
pero su sentido definitivo va hacia ti.

76

Día tras día, Señor de mi vida, ¿te podré yo mirar frente a frente?
Juntas mis manos, ¿te miraré frente a frente,
Señor de todos los mundos?
Bajo tu cielo inmenso, en silencio y soledad, con humilde corazón, ¿te
miraré frente a frente?
En este trabajoso mundo tuyo, hirviente de luchas y fatigas, entre las
presurosas muchedumbres, ¿te miraré frente a frente?
Cuando mi obra haya sido cumplida en este mundo, Rey de reyes, solo ya
y silencioso, ¿te miraré frente a frente?

77

Te reconozco como mi Dios, y me estoy aparte. No te reconozco como
mío, y me acerco a ti. Te miro como padre,
y me inclino ante tus pies. No tomo tu mano como la de un amigo.
Yo no estoy allí donde tú desciendes y te llamas mío; no voy a
abrazarte contra mi corazón, a tratarte como compañero.
Eres mi Hermano entre mis hermanos; pero a ellos no les atiendo, ni
divido con ellos mi ganancia, sino que comparto mi todo contigo.
Ni en el placer ni en el dolor estoy con los hombres, sino contigo
sólo. Soy tímido para dar mi vida, y así no me echo
en las grandes aguas de la vida.

78

Cuando la creación era nueva, y todas las estrellas brillaban en su
esplendor primero, los dioses celebraron asamblea en el cielo,
y cantaron: "¡Alegría pura, imagen de la perfección!".
Pero uno gritó de pronto: "Parece que la cadena de luz tiene en alguna
parte una sombra, que se ha perdido una estrella".
Estalló la cuerda de oro de sus arpas, y, dejando la canción, clamaron
todos desolados: "¡Sí; y la estrella perdida es la mejor,
la gloria de los cielos!".
Desde entonces, la buscan sin parar, gritando que el mundo ha perdido
con ella su única alegría.
Y en el profundo silencio de la noche, las estrellas se suspiran sonriendo;
"¡Qué vana búsqueda! ¡La perfección inquebrantable está en todo!".

79

Si no es para mí encontrarte en esta vida, sienta yo siempre, al
menos, que me ha faltado el verte. No me dejes olvidarlo un solo
instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de
mis horas despiertas.
Mientras pasan mis días en el mercado bullicioso de este mundo,
mientras se van llenando mis manos con la ganancia cotidiana, sienta
yo siempre que no he ganado nada. No me dejes olvidarlo un solo
instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de
mis horas despiertas.
Cuando me siento en el camino, rendido y anhelante, cuando me echo a
dormir en el polvo, sienta yo siempre que aún tengo que hacer el largo
viaje. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis
sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas.
Cuando está mi casa adornada, y suenan las flautas y los risotones,
sienta yo siempre que no te he invitado a ti.
No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sueños las
punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas.

80

Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga inútilmente por el
cielo. ¡Sol mío, glorioso eternamente;
aún tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! Y
paso mis meses y mis años alejado de ti.
Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala
de colores, dórala de oro,
échala sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas.
Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me derretiré, me
desvaneceré en la oscuridad; o quizás,
en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

81

¡Cuántos días ociosos he sentido pena por el tiempo perdido! Pero ¿ha
sido perdido alguna vez, Señor?
¿No has tenido tú mi vida, cada instante, en tus manos?
Escondido en el corazón de las cosas, tú nutres las semillas y las
tornas en brotes, y los capullos en flores,
y las flores en frutos.
Estaba yo dormitando, rendido, en mi lecho ocioso, y pensaba que no
hacía cosa alguna. Cuando desperté,
en la mañana, vi mi jardín lleno de flores maravillosas.

82

El tiempo es infinito en tus manos, Dios mío. ¿Quién podrá contar tus minutos?
Pasan días y noches, se abren los años y luego se mustian, como
flores. Tú sabes esperar.
Tus siglos vienes, uno tras otro, perfeccionando la florecilla del campo.
Pero nosotros no podemos perder nuestro tiempo, y tenemos que echarnos
de cabeza a nuestras ocasiones.
¡Somos demasiado pobres para llegar tarde!
Y así, el tiempo se va mientras yo se lo estoy dando a los otros que,
irritados, lo reclaman.
Y así tu altar está sin una sola ofrenda.
Por la tarde, me apresuro temeroso, no vaya a estar cerrado tu portal.
Pero siempre llego a tiempo.

83

Madre, yo te haré una cadena de perlas para tu garganta, con las lágrimas de
mi dolor.
Las estrellas forjaron con luz las ajorcas de tus pies; pero mi cadena
va a ser para tu pecho.
Riqueza y nombradía vienen de ti, y tú puedes darlas o no a tu gusto.
Pero mi dolor es sólo mío, y cuando te lo ofrezco,
tú me pagas con tu gracia.

84

La espina de la separación pasa el mundo y hace nacer formas
innumerables en el cielo infinito.
Su pena es quien mira en silencio las estrellas de la noche, quien se
pone lírica, con las rumorosas hojas,
en la sombra lluviosa de julio.
Su dolor es el que se echa sobre todas las cosas, el que se sume en el
amor y en el afán, en el martirio y en la alegría
de los hogares humanos; el que fluye, derretido en canciones, de mi
corazón de poeta.

85

Cuando los guerreros salieron del cuartel de su señor, ¿dónde habían
escondido su poder, dónde habían dejado su armadura
y sus armas?
Iban pobres y desvalidos, y las flechas cayeron sobre ellos como
chaparrones, el día que salieron del cuartel de su señor.
Cuando los guerreros volvieron al cuartel de su señor, ¿dónde habían
escondido su poder?
Habían dejado la espada, el arco y la flecha. Traían la paz en las
frentes, y los frutos de su vida se habían quedado tras ellos,
el día que volvieron al cuartel de su señor.

86

La Muerte, tu esclava, está a mi puerta. Ha cruzado el mar desconocido
y llama, en tu nombre, a mi casa.
Está oscura la noche y tiene miedo mi corazón. Pero yo cogeré mi
lámpara, abriré mi puerta, y le daré, rendido, la bienvenida; porque
es mensajera tuya la que está a mi puerta.
La adoraré, llorando, con las manos juntas. La adoraré echando a sus
pies el tesoro de mi corazón.
Y ella se volverá, cumplido su mandato, dejando su sombra negra en mi
mañana. Y en mi casa desolada quedaré yo,
solo y mustio, como mi última ofrenda a ti.

87

Desesperado, la busco por todos los rincones de mi cuarto, pero no la encuentro.
Mi casa es pequeña, y lo que una vez se ha ido de ella, no vuelve a
encontrarse. Pero tu casa, Señor, es infinita.
Y buscándola, he llegado a tu puerta.
Mírame bajo el dosel dorado del cielo de tu anochecer, mírame cómo
levanto mis ojos ansiosos a tu cara.
He venido a la playa de la eternidad donde nada se pierde, ninguna
esperanza, ninguna felicidad, ninguna visión de rostros vistos
a través de las lágrimas.
¡Ahora mi vida vacía en ese mar! ¡Húndela en la más profunda plenitud!
¡Haz que sienta, una vez sola, la dulce caricia perdida
en la totalidad del universo!

88

¡Divinidad del templo en ruinas! Ya no cantan tu alabanza las cuerdas
rotas del Vina. Las campanas del anochecer
no claman ya la hora de tu oración. A tu alrededor, el aire está
quieto y callado.
La brisa vagabunda de la primavera llega a tu desolación, y te cuenta
de las flores, de las flores que ya nadie viene,
en adoración, a ofrecerte.
El que creyó en ti otro tiempo, vaga esperando el favor no concedido
todavía. Y en el anochecer, cuando luces y sombras
se mezclan en la polvorienta oscuridad, él vuelve, jadeante, al templo
arruinado, con hambre en el corazón.
¡Cuántos días de fiesta vienen callados a ti, Divinidad del templo en
ruinas! ¡Cuántas noches de ofrendas se van, sin que nadie encienda tus
lámparas!
Los artífices hacen imágenes nuevas, que se lleva la corriente del
olvido cuando llega la hora. ¡Sólo tú, Divinidad del templo
en ruinas, sigues sin culto, en abandono inmortal!

89

Callen mis palabras bulliciosas, callen mis gritos, que así lo quiere
mi Señor. Desde hoy, hablaré en susurro, y una suave melodía llevará
la palabra de mi corazón.
Todos van, presurosos, al mercado del Rey. Allí están ya los
tratantes. Pero yo tengo mi descanso inoportuno en lo mejor del día,
cuando es mayor el trabajo.
¡Que broten, pues, las flores de mi jardín a destiempo, que las abejas
del mediodía vengan a zumbar perezosas!
¡Qué de horas perdidas en esta lucha del bien y del mal! Pero mi
compañero de juego de los días ociosos, se deleita ahora tomándome el
corazón; y no sé qué es esta llamada repentina, ni por qué inútil
volubilidad.

90

-¿Qué ofrecerás a la muerte el día que llame a tu puerta?
-Le tenderé el cáliz de mi vida, lleno del dulce mosto de mis días de
otoño y de mis noches de verano.
¡No se irá con las manos vacías! Todas las cosechas y todas las
ganancias de mi afán, se las daré, el último días,
cuando ella llame a mi puerta.

91

¡Muerte, último cumplimiento de la vida, Muerte mía, ven, y háblame bajo!
Día tras día, he velado esperándote, y por ti he sufrido la alegría y
el martirio de la vida.
Cuanto soy, tengo y espero, cuanto amo, ha corrido siempre hacia ti,
en un profundo misterio. Mírame una vez más, y mi vida será tuya para
siempre.
Las flores están ya enlazadas, y lista la guirnalda para el esposo.
Será la boda y dejará la novia su casa, y, sola en la noche solitaria,
encontrará a su Señor.

92

Sé que vendrá un día en que no veré más esta tierra. La vida se
despedirá de mí en silencio, y me echará la última cortina
sobre los ojos.
Pero las estrellas velarán por la noche, y se alzará la mañana como
antes, y las horas se henchirán, como las olas de la mar, levantando
dolores y placeres.
Cuando pienso en este último momento, se cae al valle de los
instantes, y veo, a la luz de la muerte, tu mundo, con sus tesoros
indolentes. Inapreciable es el más pobre de sus asientos, inapreciable
la más pequeña de sus vidas.
¡Váyanse enhorabuena las cosas que anhelé en vano, las cosas que
fueron mías; y que sólo posea yo de veras lo que nunca quisieron ver
mis ojos, lo que siempre desprecié!

93

Me han llamado. ¡Decidme adiós, hermanos míos! ¡Adiós, me voy!
Aquí os dejo la llave de mi puerta; renuncio a todo derecho sobre mi
casa. Sólo os pido buenas palabras de despedida.
Vivimos mucho tiempo juntos, y recibí más de lo que pude dar. Y ahora
es de día, y la lámpara que iluminó mi rincón oscuro
se ha apagado. Me llaman, y estoy dispuesto para mi viaje.

94

Ya me voy. ¡Deseadme buena suerte, amigos míos! La aurora sonroja el
cielo, y mi camino parece hermoso.
Me preguntáis qué me llevo. Mis manos vacías y mi corazón lleno de esperanza.
Me pondré sólo mi guirnalda nupcial, por que el vestido pardo del
peregrino no es mío; y aunque el camino sea peligroso,
va sin temor mi pensamiento.
Cuando mi viaje llegue a su fin, saldrá la estrella de la tarde, y las
melancólicas armonías del crepúsculo se abrirán
tras el pórtico del Rey.

95

Pasé, sin darme cuenta, el umbral de esta vida.
¿Qué poder fue el que me hizo abrir en este inmenso misterio, como un
capullo, a medianoche, en el bosque?
Cuando, a la mañana, vi la luz, sentí al punto que yo no era un
extraño en este mundo, que lo desconocido sin nombre
ni forma me había tenido en brazos, en la forma de mi madre.
De igual manera, al salir a la muerte, esto mismo desconocido me
parecerá familiar. Y como amo tanto esta vida,
sé que amaré lo mismo la muerte.
El niño, cuando su madre le quita el seno derecho, se echa a llorar;
pero al punto encuentra en el izquierdo su consuelo.

96

Cuando me vaya, sea ésta mi palabra última: que lo que he visto no
puede ser mejor.
Gusté la miel oculta de este loto que se abre en el océano de la luz,
y así fui bendito. Sea esta mi última palabra.
He jugado en esta casa de juguetes de formas infinitas; y vislumbré,
jugando, a aquel que no tiene forma.
Mi cuerpo entero ha vibrado al contacto de aquel que es intangible. Si
aquí debe ser el fin, sea. Esta es mi última palabra.

97

Cuando yo jugaba contigo, nunca te pregunté quién eras. Yo no conocía
timidez ni miedo. Mi vida era vehemente.
Al amanecer, me llamabas tú de mi sueño, como un hermano, y me
llevabas corriendo de selva en selva.
Nada me importaba, entonces, el sentido de las canciones que me
cantabas. Mi voz sólo recogía la tonada, y a su compás
bailabas mi corazón.
Hoy, que ya no es tiempo de jugar, ¿qué repentina visión es ésta que
se me aparece? El mundo está mirándote a los pies, sobrecogido,
temblando con todas sus estrellas silenciosas.

98

Te adornaré con los trofeos y las guirnaldas de mi derrota. No es mío
el escapar vencedor.
Sé bien que se estrellará mi orgullo, que mi vida romperá sus cadenas,
de tanto dolor, que mi corazón vacío sollozará fuera, melodioso como
una caña hueca, que la piedra se derretirá en lágrimas.
Sé bien que no quedarán siempre cerradas las cien hojas de un loto,
que será descubierto el secreto escondite de su miel.
Desde el cielo azul, un ojo me verá y me llamará en silencio. Nada
quedará de mí, nada, y recibiré a tus pies la muerte completa.

99

Cuando yo tenga que dejar el timón, sabré que habrá llegado la hora de
que lo tomes tú.
Lo que haya que hacer será hecho al punto. ¿A qué esta lucha?
¡Pues quita ya las manos, corazón mío, y acepta calladamente tu
derrota; considera qué suerte la tuya de quedarte tan bien,
donde estás tan tranquilo!
Por encender mis lámparas, que apaga cada vientito, me olvido, una vez
y otra, de todo lo demás.
Pero ya voy a hacer lo que debo, y esperaré a oscuras, en mi estera
tendida en el suelo; y cuando tú quieras, Señor,
ven callado, y siéntate conmigo.

100

Desciendo a las profundidades del mar de las formas, en busca de la
perla perfecta de lo que no la tiene.
No más este navegar, de puerto en puerto, con mi barco viejo de
naufragios. Ya se fueron los días en que era mi gozo
ser juguete de las olas.
Y ahora tengo ansia de morir en lo inmortal.
Llevaré el arpa de mi vida al tribunal que está junto al abismo sin
fin de donde sube la música no tocada.
Y acordaré mi música con la música de lo eterno, y cuando haya cantado
su sollozo último, pondré mi arpa muda
a los pies de lo callado.

101

Toda mi vida te busqué con mis canciones. Ellas me llevaron de puerta
en puerta, y con ellas tanteé a mi alrededor, buscando, buscando mi
mundo.
Lo que he aprendido en mi vida, ellas me lo enseñaron; me abrieron
sendas secretas, encendieron a mis ojos todas las estrellas
que hay sobre el horizonte de mi corazón.
Mis canciones me guiaron, cada día, a los misterios del placer y del
dolor. Y ahora, ¿a qué portal de qué palacio me han traído,
en este anochecer en que acaba mi camino?

102

Me jacté ante los hombres de haberte conocido, y en todas mis obras
ven tu retrato. Vienen y me preguntan: "¿Quién es?"
No sé qué responder, y digo: "La verdad es que no lo sé". Se burlan de
mí y se van desdeñosos. Y tú sigues sentado allí, sonriendo.
He hablado de ti en canciones perdurables, cuyo secreto brota mi
corazón. Vienen y me preguntan: "¿Qué quiere decir todo eso?" No sé
qué responderles, y digo: "¡Ay, quién sabe lo que quiere decir!" Y se
ríen de mí y se van despreciándome.
Y tú sigues sentado allí, sonriendo.

103

Permite, Dios mío, que mis sentidos se dilaten sin fin, en un saludo a
ti, y toquen este mundo a tus pies.
Como una nube baja de julio, cargada de chubascos, permite que mi
entendimiento se postre a tu puerta, en un saludo a ti.
Que todas mis canciones unan su acento diverso en una sola corriente,
y se derramen en el mar del silencio, en un saludo a ti.
Como una bandada de cigüeñas que vuelan, día y noche, nostálgicas de
sus nidos de la montaña, permite, Dios mío,
que toda mi vida emprenda su vuelo a su hogar eterno, en un saludo a ti.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Blues de la escalera, de Antonio Gamoneda

Por la escalera sube una mujer
con un caldero lleno de penas.
Por la escalera sube una mujer
con el caldero de las penas.

Encontré a una mujer en la escalera
y ella bajó sus ojos ante mí.
Encontré la mujer con el caldero.

Ya nunca tendré paz en la escalera.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Aforismos de Wallace Stevens

La poesía es una respuesta a la necesidad diaria de arreglar el mundo.

A la larga, la verdad no importa.

Las definiciones son relativas; la idea de los absolutos, también.

El pensamiento es una infección. En el caso de ciertos pensamientos,
acaba siendo una epidemia.

La poesía se lee con los nervios.

La guerra es un fracaso periódico de la política.

La vida es la eliminación de lo que está muerto.

El poeta es el sacerdote de lo invisible.

El hombre es un eterno principiante.

La poesía es una búsqueda de lo inexplicable.

Debe haber algún ala sobre la que volar.

La poesía aumenta la sensibilidad para la realidad.

La mente es la cosa más poderosa del mundo.

No hay nada en la vida excepto lo que uno piensa de ella.

El futuro nuevo sale a cuenta.

La poesía es una forma de melancolía.

No hay nada hermoso en la vida salvo la vida misma.

No hay ala como el significado.

La poesía no es un asunto personal.

La poesía es un medio de redención.

A medida que la razón destruye, el poeta debe crear.

La poesía es una forma de eliminar la pobreza, la mudanza, el mal y la
muerte del mundo. Es un presente que perfecciona, una satisfacción en
la irremediable pobreza de la vida.

Un poema no tiene por qué tener un significado y, como la mayoría de
las cosas de la naturaleza, a menudo no lo tiene.

La poesía es (y debería ser) para el poeta una fuente de placer y
satisfacción, no una fuente de honores.

La poesía es realidad y pensamiento o sentimiento.

Si uno cree en la poesía, las cuestiones de principio se tornan
entonces en cuestiones vitales. En cualquier caso, si nada existe
salvo la realidad y el arte, la mera exposición de este hecho pone de
manifiesto la importancia del arte.

La dicotomía no está entre realistas y artistas. Debe de haber pocos
realistas puros y pocos artistas puros. Somos híbridos inmersos en una
literatura híbrida.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Qué puedo hacer..., de Rumi

¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?,
pues no me reconozco a mi mismo.
No soy cristiano, ni judío,
ni mago, ni musulmán.
No soy del Este, ni del Oeste,
ni de la tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza,
ni de los cielos giratorios.

No soy de la tierra, ni del agua,
ni del aire, ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo,
ni de la existencia, ni de la entidad.

No soy de India, ni de China,
ni de Bulgaria, ni de Grecia.
No soy del reino de Irak,
ni del país de Jurasán.

No soy de este mundo,
ni del próximo,
ni del Paraíso,
ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva,
ni del Edén,
ni Rizwán.

Mi lugar es el sin lugar,
mi señal es la sin señal.
No tengo cuerpo ni alma,
pues pertenezco al alma del Amado.

He desechado la dualidad,
he visto que los dos mundos son uno;
Uno busco,
Uno conozco,
Uno veo,
Uno llamo.

Estoy embriagado con la copa del Amor,
los dos mundos han desaparecido de mi vida;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana.

martes, 11 de septiembre de 2012

Palabras, de Sylvia Plath

Hachas
Con cuyos golpes resuena la madera,
¡Y los ecos!
Ecos que parten
Desde el centro, como caballos.

La savia
Brota como las lágrimas, como el
Agua que se esfuerza
En reestablecer su espejo
En la roca,

Deshaciendo y horadando
Este cráneo blanco,
Carcomido por las malas hierbas.
Años después, vuelvo
A encontrármelas por el camino:

Las palabras secas y sin jinete,
El estruendo incansable de los cascos.
Mientras,
Desde el fondo de la charca, las estrellas fijas
Gobiernan una vida.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Los Amantes, de Julio Cortázar

¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges, y arriba está la noche
llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva, hacia muertes de césped,
hacia puertos que se abren entre sábanas.
...Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada,
pero ellos, ni siquiera saben que mientras ruedan en su amarga arena,
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita y les impone los deberes cotidianos.

martes, 4 de septiembre de 2012

Un poema de Wichi

COINCIDENCE
(Imitación de William Carlos Williams)

Un botón
ha caido
de mi camisa
rodó
por el suelo
bajo el armario

Un obrero
ha caído
desde un andamio
rodó por
la calle
bajo los autos
todo
en
el
mismo
maldito
minuto

LUIS ROGELIO NOGUERAS

viernes, 31 de agosto de 2012

Canción Africana, de Tolba Phanem

Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada,
se interna en la selva con otras mujeres y juntas rezan y meditan
hasta que aparece la canción del niño.

Saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su
particularidad, unicidad y propósito.

Las mujeres entonan esta canción y la cantan en voz alta. Luego
retornan a la tribu y se la enseñan a los demás.

Cuando nace el niño, la comunidad se junta y le cantan su canción.
Luego, cuando el niño comienza su educación, el pueblo se junta y le
canta su canción. Cuando se inicia como adulto la gente se junta
nuevamente y canta su canción.

Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su
canción. Finalmente cuando el alma va a irse de este mundo, la familia
y amigos se acercan a su cama e igual que para su nacimiento, le
cantan su canción, para acompañarlo en su transición.

En esta tribu de África hay otra ocasión en la cual los pobladores
cantan la canción. Si en algún momento de su vida la persona comete un
crimen o un acto social aberrante, lo llevan al centro del poblado y
la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor, entonces… le
cantan su canción.

La tribu reconoce que la corrección de las conductas antisociales no
es el castigo; es el amor y el recuerdo de la propia identidad. Cuando
reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad
de hacer nada que pudiera dañar a otros. Tus amigos reconocen tu
canción y la cantan cuando la olvidaste.

Aquellos que te aman no pueden ser engañados por los errores que
cometes ni las oscuras imágenes que muestras a los demás. Ellos
recuerdan tu belleza cuando te sientes feo; tu totalidad cuando estás
quebrado; tu inocencia cuando te sientes culpable y tu propósito
cuando estás confundido.

jueves, 30 de agosto de 2012

Soliloquio final del amante interior, de Wallace Stevens

Luz, primera luz de la noche, como en un cuarto
En el que descansamos y, casi por nada, pensamos
Que el mundo imaginado es bien esencial.

Este es, por tanto, el más intenso rendez-vous.
Es en esta idea en la que nos recogemos,
Fuera de todas las indiferencias, en una sola cosa:

Dentro de una sola cosa, un solo chal
Que nos abriga bien, pues somos pobres, un calor,
Una luz, un poder, la milagrosa influencia.

Ahora, aquí, nos olvidamos el uno al otro y de nosotros.
Sentimos la oscuridad de un orden, una totalidad,
Un conocer, lo que arregló la cita,

Dentro de su vital circunscripción, en la mente.
Decimos: Dios y la imaginación son uno.
La candela más alta, que alta ilumina lo oscuro…

Y fuera de esta luz, de esta mente central,
Hacemos nuestra casa en el aire nocturno,
Donde estar los dos juntos es lo suficiente.