lunes, 19 de noviembre de 2012

Un poema de Boris Pasternak

MARBURG

Me estremecía. Me encendía y me apagaba.
Temblaba... propuse matrimonio,
demasiado tarde; fui tímido, y me negaron.
Cómo me duelen sus lágrimas ¡me siento feliz como un santo!

Salí a la plaza. Podrían decir que nacía
por segunda vez. La más pequeña bagatela
vivía, y sin prestarme ninguna atención
crecía en su importancia de despedida.

Devorando las nubes amarilleaban las arenas.
Un soplo de la tormenta futura jugaba en las cejas del matorral.
El cielo se horneaba caído sobre una inmensa gasa
que iba absorbiendo la sangre de una herida.

Aquel día te llevé toda conmigo, de tus peinetas a tus pies;
te sabía de memoria, y te repasaba
vagando por la ciudad, como un trágico de provincia
repasa un drama de Shakespeare.

Cuando me puse de rodillas frente a ti, abrazando
aquella niebla, aquel hielo, aquel espacio,
—qué bella eres— aquel torbellino de calor...
¿De qué hablas? ¡Recóbrate! Todo está perdido. Me repudió.

No. Mañana no iré allí. La negativa es más rotunda
que la despedida. Ahora estamos a mano.
El tumulto de la estación no me conviene.
¿Qué será de mí, antiguas lozas?

Para jugar conmigo al ajedrez se sienta la noche
en el piso de parquet iluminado por la luna.
Se huele la acacia y las ventanas están abiertas,
y la pasión, como un testigo, se encanece en un rincón.

El álamo es un rey. Juego con el insomnio.
La reina es un ruiseñor. Tiendo la mano al ruiseñor.
Y la noche vence, las figuras se retiran,
y reconozco el rostro blanco del amanecer.

BORIS PASTERNAK