domingo, 16 de marzo de 2014

Dantesca, de Jordi Valls Pozo

DANTESCA

Perdido en el bosque
nadie me encontró, como nada encontré,
salvo la verdad inaccesible,
vadeé obstáculos en el ascenso,
senderos perdidos entre la maleza,
aullantes maldades de ojos fijos,
brujas en celo, alcoholizadas,
frotándose el sexo hasta el delirio.
Pobre Beatriz, lumínico espíritu,
en tu puro resplandor te adoro,
guardo tus braguitas, las froto en mis sueños,
degusto tu perfume casi intolerable,
nunca te alcanzaré.
De ti esperaba
una señal, un reconocimiento,
de ti o de alguien
y continué fatigado mi destino.
De repente, entre la niebla, divisé a Virgilio,
pero él, resentido, me ignoró:
"Ahora todos somos iguales,
el laurel fue repartido a los presentes
sin ningún criterio de calidad.
Solo nos distingue la decrepitud.
¿Acaso yo, para ti existí, poeta?"
Y continué cabizbajo mi camino
hasta llegar a la cumbre de la montaña,
tropezando en el granito escarpado,
mordido por los zarzales, hecho polvo,
en la oscuridad profunda del bosque,
esperando ser despedazado por las fieras
o pasto del fuego eterno.
A cada pecado un castigo ejemplar,
pero a mi ningún dios me incitaba a encontrarle
y solo me quedaba seguir
el rastro de otras vidas anteriores.
Había ascendido bastante,
sin árboles a mi alrededor,
tras de mi, presenciaba el valle,
entero ya, lejano ya, pequeño ya,
repleto de ánimas ascendentes
y continué el ascenso sin demora.
Nadie me encontró
como nada encontré
salvo la verdad inaccesible.
En la cumbre nevada, sin respiración apenas,
la verdad, toda pureza,
se iba derritiendo en las palmas encharcadas,
fluía entre los dedos huidiza,
diríase, que las manos congeladas,
volvían a encenderse.
Desperté de repente
perdido en el bosque y en las manos enrojecidas
palpitaban las braguitas usadas de Beatriz.

JORDI VALLS POZO