martes, 24 de junio de 2014

Blues Tristesse, de Carmen Garrido

Vengarán que los cielos adornasen los domingos
con sus pies colgando,
pianolas sobre los magnolios, diez teclas negras alternando
las orondas flores blancas.

Vengarán que los cuervos fueran su última compañía
-los únicos que no honraban el día de Señor-.

Lo harán, primero, paralizando las gargantas
con nudos de marinero, allá,
en los borrachos suburbios de Nueva Inglaterra
después, en los elegantes garitos de Europa.

Se vengará su naturaleza suprema y montaraz
cada vez que el escalofrío recorra la espalda
y a la conciencia llegue la imposibilidad de imitarlos.
Pero, ¿qué dirán los viejos negros,
que habitaban las alturas, de esta comodidad,
de esta asepsia blanca, cara y arrítmica,
que escucha música
parapetada en nácar?

¿Harán trillar las gargantas de los imitadores
como si fueran mosquitos henchidos en sangre
para que nunca una piel sin mancha pueda imitar a los
suyos?

¿O derrotarán al swing de la cadera,
al útero desde el que palpita la voz de café y pan negro,
guillotinando la cabecita del saxofón
para que las voces de los hermanos
solo sean capaces de rasgar el aire con los nombres de las
tildes de aquellos árboles,
para que las voces no sean negras sino verdeantes fosas
comunes en las alturas?