viernes, 27 de junio de 2014

Oda a las TIC, de Eva Obregón

Se han comido el corazón del silencio

Paul Éluard
 

Ya solo los dioses virtuales escuchan nuestras plegarias.
Inclinados en permanente reverencia ante la luz mortecina
de diminutas pantallas, indicamos afinidades redundantes
con dáctilos digitales, citamos sin cesar a intrépidos budas
que ni existen ni dejan de existir, consultamos horóscopos
desfasados, seguimos a amigos ficticios, evitando así el
peligro de cruzar incómodas miradas con desconocidos
auténticos.

Dentro y fuera del metro, solo cabe hacer ojitos con prismas
ópticos, y el único roce admisible es la imperceptible y
huidiza caricia entre una yema dactilar y una pantalla táctil.
Meanwhile, under the sickish blue hues of LED lights, hordes
of impotent insomniacs grapple with grime-incrusted
keyboards, the letters near faded from years of pounding
out emails, blog posts and perhaps a poem or two to
unrequited loves. Even the Apples of our eyes are no longer
what they used to be.

But this is only to be expected when our very cores, once
the unmistakable bleeding, beating, burning hearts of our
souls, have been reduced to a patented dual processing
device.

And, yet, there is a tangible air of progress in having an app
to meet each need: clocks, calendars, calculators, planners,
timers, metronomes, maps… you name it.
Ciertamente supone un progreso innegable, hay apps para
pronosticar el tiempo, apps para ligar, apps para todo…
menos lo irreemplazable.
Y qué no daría yo por ser el plano palpable de tu amada
tablet, o el teclado mimado de tu smartphone de última
generación, y dejar que tus dedos expertos exploraran mi
sistema hasta dar con el elusivo botón izquierdo de mi
esquivo ratón inalámbrico…

But, I digress. This is an ode to IT, no place this for erotic
verse.

For you, oh virtually virtuous gods, have forever changed
the meaning of both solitude and connection by granting
mere mortals the power to be everywhere and nowhere at
once.

Con vuestras conexiones virtuales tendéis incontables nexos
imaginarios que ni atan ni dejan atar, y nosotros, ineptos
usuarios finales, rematamos la absurda faena de convertir la
comunicación en hermetismo y la soledad en procesión
sagrada.