lunes, 21 de julio de 2014

Un poema de Aleksandr Aronov

Cuando precisemos la lengua
y nombremos a la piedra como se debe,
ella misma nos contará acerca de su nacimiento,
cuál es su objetivo y cuál es su recompensa.

Cuando encontremos el nombre único
de la estrella,
junto a sus planetas,
abandonará la mudez y la oscuridad.

Entonces, que no asombre
el balbuceo infantil de la hierba,
la ciudad es tímida, la fábrica es tranquila,
y los pájaros están roncos de tantas preocupaciones.

Lo que estaba lejos, se acercará.
Triunfará lo más débil.
El silencio no existe
en la lengua verdadera.


viernes, 18 de julio de 2014

El sostén perdido, de Vera Moreno

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir.
 
Cesar Vallejo
 
 
Después
de amputar mi brazo izquierdo,
de quitarme la nariz
de dejarme los pies en los zapatos
de olvidarme el pelo en el cepillo
de depositar las orejas junto a los pendientes...
 
Después
de encontrar vestidos con cinturas marcadas
rebuscar cuellos entre bufandas
jugar con anillos olvidados en guantes
de apoyar mi almohada sobre un pecho amable
 
Después
descubro que
ahora no encuentro el plano de la baldosa que me sostiene.
 

jueves, 17 de julio de 2014

Tabaquería, de Álbaro de Campos

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién es
(Y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?)
Dan al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
A una calle inaccessible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y de los seres,
Con la muerte que pone humedad en las paredes y canas en los hombres,
Con el Destino que conduce la carroza de todo por la ruta de nada.

Estoy vencido hoy, como si supiese la verdad.
Estoy lúcido hoy, como si estuviese por morir.
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
La hilera de vagones de un tren, y una partida silbada
De dentro de mi cabeza,
Y un sacudón de mis nervios y un crujir de huesos en la salida.

Estoy perplejo hoy, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy dividido hoy entre la lealtad que debo
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fallé en todo.
Como no me fijé propósito alguno, tal vez todo fuese nada.
Del aprendizaje que me dieron,
Me apeé por la ventana del fondo de casa,
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Dejo la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué se yo de lo que seré, yo que no sé quién soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa, que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se conciben en sueños genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe? Ni uno,
Ni quedará más que estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mi.
¡En todos los manicomios hay locos con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mi...
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
No hay en este momento genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas -
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas -,
Y quién sabe si realizables,
Nunca verán la luz del sol real ni encontrarán los oídos de nadie?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado a un pecho hipotético más humanidades que Cristo,
He hecho en secreto filosofías que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre sólo el que tenía condiciones;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
Y oyó la voz de Dios en un pozo ciego.
¿Creer en mi? No, ni en nada.
Que me derrame la Natureza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me descubre el cabello,
Y el resto que venga si viene o tiene que venir, o no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
Pero nos despertamos y es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Via Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolates, niña;
Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitar el papel de plata, que es de hojas de estaño,
Tiro todo al piso, como tiré la vida.)

Pero al menos queda de la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero al menos me dedico un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos en el amplio gesto con que lanzo
La ropa sucia que soy, sin lista, hacia el transcurrir de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
O diosa griega, concebida como estatua viviente,
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
O célebre cocotte del tiempo de nuestros padres,
O no sé qué moderno – no concibo bien qué-,
¡Todo eso, sea lo que fuere que seas, si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
A mí mismo y no encuentro nada.
Llego a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las veredas, veo los coches que pasan,
Veo los seres vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como una condena al destierro,
Y todo esto es extranjero, como todo.)

Viví, estudié, amé, y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro en cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca vivieras ni estudiaras ni amaras ni creyeras
(Porque es posible hacer lo real de todo eso sin hacer nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como um lagarto a quien cortan la cola
Y que es cola más acá del lagarto agitadamente.

Hice de mí lo que no supe,
Y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que vestí era incorrecto.
Pronto me tomaron por quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando me la quité y me miré al espejo.
Ya había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Tiré lejos la máscara y dormí en el vestuario
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
Quién me concediera encontrarte como algo que yo hiciese,
Y no quedase siempre frente a la Tabaquería de enfrente,
Calzando la conciencia de estar existiendo,
Como una alfombra con la que un borracho tropieza
O un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.

Pero el dueño de la Tabaquería salió a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal girada
Y con la incomodidad del alma mal-entendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
A cierta altura morirá el letrero también, y los versos también.
Después de un tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueran escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto ocurrió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a la otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra,
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
Siempre esto o siempre lo otro o ni lo uno ni lo otro.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me enderezo a medias, enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
Y disfruto, en un momento sensible y adecuado,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar malhumorado.

Después me echo hacia atrás en la silla
Y sigo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, seguiré fumando.

(Si me casara con la hija de mi lavandera
Tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿guardando el cambio en el bolsillo del pantalón?).
Ah, lo conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería salió a la puerta.)
Como por un instinto divino el Esteves giró y me vio.
Me hizo adiós, le grité ¡Adiós Esteves!, y el universo
Se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el dueño de la Tabaquería sonrió.

lunes, 14 de julio de 2014

viernes, 4 de julio de 2014

Mi nacimiento (La Vespa roja), de Raquel G. Figueiras

Dejó de llover aquel día.

El hombre que anudó mi ombligo
tuvo nombre de moneda antigua,
                                   y una Vespa roja.

A mis hermanos
les dijeron que yo venía en el pico
del gran pajarraco blanco,
pero ellos sabían que venía
                                    en la Vespa roja
con el hombre que anudó la lluvia,
con el hombre que anudó mi ombligo.

jueves, 3 de julio de 2014

Rojo, de Angelines Cuenca

El niño esquiva a su memoria.

A veces, incluso la esconde tras el silencio:
Testigo a través del cristal
un olmo del jardín.

La inocencia
en ese misterio que brinda la noche
se marchita.

Un pequeño estuario rojo,
una isla inaccesible en mitad de la alcoba,
una silueta que dibuja la madrugada
y el niño, ese niño, deja de ser niño.

Fuera,
tan solo un olmo que una noche más deja caer sus hojas.

miércoles, 2 de julio de 2014

Poesía Olvidada, de Juan Carlos Orella

Un viento que pasa por ti
y te admira y te roza
-seré si quieres un
viento
que te rodea y te toma
con la levedad del aire,
la gravedad de un hombre
que se duele,
la luz de un poema
que te atrapa un momento
y te deja ir.

Y si no, no.

Si no quieres ser musa
serás tú, y tu deseo,
risas de la noche,
aire de mañanas,
cielo sin límites,
poesía olvidada.

martes, 1 de julio de 2014

Suspensivos, de Carmen Cruz

Te me destierras hoy,
nuevamente de golpe,
por el camino de la boca y
en la advertencia de un paréntesis
me confinas al olvido.
Apareces y desapareces
(como los ojos del Guadiana)
serpenteando por mi vida,
y pretendes que acepte tu deshielo,
cuando al regreso de algún Polo
me buscas en el cálido Ecuador.
Te aíslas, te ensordeces,
y al hacerlo me silencias,
y al silenciarme me pierdes
en lo que ayer me ganabas.

¡Y tanta interrogación...
para ninguna respuesta!

Yo no quiero que me quieras de soslayo,
ni a intervalos de espacio o de memoria.
Ni quererte más de lo que quieras,
de lo que puedo y sé.
De lo que quise... no es posible.

Pongamos una coma y otra coma en el relato.
Antes de pensar el desenlace
pongamos los dos puntos que
nos devuelvan al saludo y a la cita.
Pongamos los puntos suspensivos;
sí, dejemos en el aire intriga del final.
Pero…regresa a la palabra.

Incluso si duele,
regresa a la palabra,
y sigamos escribiendo nuestra historia
con un punto y seguido.
De lo contrario...
haré confeti de mis versos,
e incluso si duele,
los pondré como punto final
taponando con mi lengua tus oídos.