viernes, 19 de mayo de 2017

En otro idioma


Mi madre se levantaba por las mañanas con el inhalador en la mano derecha. Entraba en la cocina a oscuras y preparaba un café aguado. Yo estaba ya en la mesa del patio escribiendo.
-¿Qué haces aquí tan temprano?, vas a coger frío.
Yo la miraba en silencio y sonreía.

Para llegar a la parada había que atravesar un campo de pelota. El sol lo teñía de rojo a esa hora y siempre había un minuto en el que los gorriones se callaban antes de redoblar su algarabía. Era como si el mundo se detuviera un instante.

El camello, siempre repleto de gente, parecía una lata de sardinas con cristales, saltando por las calles rotas de la Habana. Había que entrar a trompicones o quedarse en un sitio propicio para que la corriente te enganchara marea adentro. Entonces, lo importante era encontrar rápido un rincón donde no te estrujaran demasiado y empezar a sudar ligero, a regular la respiración para que el calor no traspasara la camisa.

Allí adentro, se hablaba otro lenguaje de miradas libidinosas, gritos y gruñidos. La gente se sobaba entre sí a cada frenazo:

–¡Échate pa’llá asere!
–¡Señora, sin complejos, eh!
–¡Guagüeroo, que llevas gente aquí atrá!
–¡Le zumba el mango, compadre!

Bajarse luego era todo un arte. Había que empezar un movimiento de serpiente tres o cuatro paradas antes, hasta tener la puerta tan cerca que se te incrustara en las costillas al abrirse.

Yo salía disparado del monstruo rodante y me encontraba de repente frente al malecón. Era una vista hermosa por la que valía la pena vivir.

E.