lunes, 29 de junio de 2015

Canto CXXXIII


una vez
un amigo poeta
me contó una historia
un amigo poeta que estaba en el paro
ya sé
casi todos los poetas estamos en paro
pero este
trabajaba en una fábrica de motos
todo el santo día
y por las noches
escribía unos poemas cojonudos
que te hacían gemir de felicidad
y que nadie
nadie compraba
hasta que cerraron la fábrica y mi amigo
y su poesía
se fueron a la puta calle
en esas circunstancias me contó esta historia:
era un día de esos Manolo
que te parten por dentro
el sol atravesaba
los brotes de los cerezos
y mi hijo iba de la mano conmigo
qué más se puede pedir a la vida
cuando uno no tiene nada
y lo tiene todo
al final del parque
había una zapatería
con una moto de esas que
le echas una moneda y hacen bruun-bruuuun
ya sabes Manolo lo que le gustan
las motos a mi hijo
porque te tiene los bolsillos gastados
de tanto meter mano en ellos
pero yo no tenía ni una moneda ese día
y para colmo
va el tío y se sube en la moto
y me mira
con esa carita de pájaro enjaulado
como podía yo explicarle a un niño
de dos años y cuatro meses
que hacía cuatro meses que su padre
no tenía más que lo justo
para sobrevivir
que la fábrica de motos había cerrado
y que la poesía no da para comer
pero mi hijo es grande Manolo
me jaló del cinturón
y me hizo subir en la moto detrás suyo
entonces metió su manita en mi bolsillo
hizo como si sacara
una moneda imaginaria
y la metió en la ranura
y aquella moto arrancó Manolo
y mi hijo y yo nos fuimos por entre los cerezos
y dejamos atrás la zapatería del barrio
la ciudad llena de humo
y sus fábricas de motos muertas
y fuimos mucho mucho más lejos
porque teníamos
una moto viva y un sol increíble
ese día aprendí de mi hijo Manolo
que lo que yo necesitaba
no era dinero
sino imaginación

E.
(de Canto al Infinito)