viernes, 14 de agosto de 2015

El mago


La palabra camino
crea el asfalto negro
y las rayas blancas
que se besan entre sí
al fondo de mis ojos.

La palabra multitud crea
un montón de gente
caminando…
Nadie sabe hacia dónde,
nadie sabe por qué,
pero ellos no cesan de
movérseme por dentro:
por las carreteras asfaltadas
de la sangre,
por los barrios semiluminados
del corazón.

La palabra ventana crea la espera
y crea la plaza,
y luego crea a esa chica,
que parece una hoja que danza
sobre los adoquines,
que parece una gota de lluvia
cayendo,
que parece el reflejo de una palabra
en el agua invisible.

La palabra pulmón aspira a la noche,
crece hacia la noche, la devora,
y cuando la expira
la noche se enciende
de palabras recién nacidas.
Una noche no escrita,
una noche que no está fuera
ni dentro de mí,
que me contiene,
pero que ninguna palabra
puede contener.

La palabra olvido
crea el recuerdo.
La palabra silencio
crea la música.
La palabra oscuridad
crea la luz.

La palabra alegría...
la palabra alegría
crea este mundo.

E.
(de El mago de chicle)

(Ilustración de Marta Lage de la Rosa)

jueves, 13 de agosto de 2015

Sueño tras ventana


Detrás de esa ventana está la vida. La vida de una chica de pelo rojo. La chica está durmiendo con el chico de sus sueños que ha venido a soñarla desde el amanecer. Y la ha soñado tanto y tan bien que ahora la chica agotada descansa en su cama de adobe verde. Y cuando muera el sol de la tarde, abrirá de par en par las ventanas de su vida recién soñada, para regar la vida de las plantas de afuera que iluminan la pequeña terraza con una suave luz malva.

miércoles, 12 de agosto de 2015

El idiota


El idiota es la risa del tiempo. Sube y baja por la acera rota murmurando letanías incomprensibles, que son largos poemas sobre el origen del dolor, escritos en una lengua que los hombres han olvidado.

Le piden que cante y su ronca voz se eleva hasta tocar el cielo. Le piden que baile y ríe con una danza lenta que ensarta miles de corazones en un único hilo de sangre.

Así cada día, después del saludo del sol, buscan sus ojos limpios a aquel que pasará a pedirle una canción o un baile.

Y es eso lo que raya en el tiempo de la calle cuando no está bailando solo en la esquina una melodía grave que le rasga despacio la garganta y que él acompaña, amoroso, con el chasquido inútil de sus dedos.

Entonces habla con Dios.

E.
(de Las enseñanzas de Manolo)

martes, 11 de agosto de 2015

Destino


pasos que nos escuchan al pasar
sombras de hojas de árbol
                               gotas de luz
entre las manos miradas mirándonos

pasos que nadie da
                        que nadie espera
caminan por el camino
                      largamente caminado
entre dos
         que son uno

un susurro se enciende adentro
un pie afirma el paso al pulmón
                               de la nada

lunes, 10 de agosto de 2015

Tres casas


La casa de Lala era la de los caballos. Eran unos pencos viejos y flacos pero para mí eran los mejores caballos del mundo. Yo me cogía uno y me iba, montado a pelo, por la guardarraya, hasta el final del cañaveral. Luego volvía trotando por el otro lado. Los pencos de Lala eran un poco asustadizos y una vez uno me tiró en medio de las cañas. Yo era un niño y me costó volver a coger confianza encima de un caballo. La verdad es que aquellos pencos hacían conmigo lo que les daba la gana, pero para mí eran lo máximo y me daba igual lo que hicieran.

La casa del tío Ibrahim estaba al otro lado de la carretera. En esa casa había nacido papá y tenía un guayabal grandísimo y no sé cuantas matas de mango de todo tipo: filipinos, mangas blancas, de chupete, de corazón... Mi padre y yo, cada vez que íbamos, le hacíamos una buena limpieza. Yo me subía a las matas y mi padre peloteaba la fruta con un saco de yute entre dos palos. Cuando terminábamos yo me daba un banquete allí mismo. Nadie sabe lo rica que está la fruta que se come subido en la propia mata. La casa de mi tío tenía un aljibe que a veces tenía agua y que yo usaba como piscina o para coger renacuajos. Papá siempre estaba con la cantaleta de que era muy hondo, pero yo no le hacía mucho caso.

En la loma estaba la casa de los gallegos, que eran los abuelos de papá. Eran unos viejitos de pelo blanco que desayunaban frijoles con boniatos y siempre tenían dulce de coco para regalar. Yo me iba andando o a caballo desde la finca del tío por la carretera y luego loma arriba. Siempre encontraba alguna mata de anón o de mamoncillos por el camino.

Estas tres casas eran mis lugares de visita cuando iba al campo los fines de semana con mi padre. Eran bohíos de tablas de palma y techo de guano que contenían toda la magia que un niño puede desear. Entonces yo me convertía en un animalillo salvaje, suelto por el monte.

viernes, 7 de agosto de 2015

jueves, 6 de agosto de 2015

Canto LXXXVII


yo me reía
yo iba
diciéndole a la gente lo que pasaba
al otro lado del espejo
donde miramos y
no vemos

una cara posada en la luz breve
unos ojos quizá
pero más allá no vemos lo que se cuece
y está en nosotros y se cuece
y vive en nosotros y sueña este mundo y se cuece
en él con la mirada

y por eso yo me reía y le iba diciendo a la gente
que el espejo en verdad
es ese tío de enfrente
que te injuria o te abraza
que levanta los brazos al cielo
y se tira un pedo en tu cara
o te hace el amor
con todos los ojos

E.
(de Canto al Infinito)

miércoles, 5 de agosto de 2015

Para qué sirve una palabra


Todas esdrújulas,
se suben por el climaterio y saltan
del dolor a la risa, de la risa al llanto seco.

Y son nuestros sentimientos,
y son los pensamientos que conforman
nuestro mundo.

Se desangran por los ojos,
por los poros de la piel,
por las narices,
por los sonidos digitales.

Lo nombran todo,
lo mancillan todo con sus límites significantes
y reglas gramaticales
(nuestras propias reglas).

Una palabra sola
se acerca al horizonte y crea un mundo nuevo,
no definido aún
y de continua indefinición.

Es la palabra poesía.

E.
(de Poemas comunes)

martes, 4 de agosto de 2015

La Muerte


Ante la casa vacía:
nada.

Ante el árbol recién florecido:
nada.

Ante la luz que se oculta en la honda noche:
nada.

Ante la luz que brota
como una fiesta de la noche:
nada.

Ante la civilización:
nada.

Ante un hombre cualquiera,
que se ha sentado en silencio frente al mar
y contempla la línea sin fin del horizonte:
nada.

E.
(de Las enseñanzas de Manolo)

lunes, 3 de agosto de 2015

La pata de gallina


Mi padre nos llevaba a Varadero de vacaciones una vez al año. Era la época en la que Varadero no estaba abarrotado de hoteles y extranjeros, la época en la que mis hermanas no estaban casadas aún, en la que aún mis padres no se habían divorciado y en la que yo era un muchacho inocente y feliz.

El viaje era de unas cinco horas en un autobús interprovincial con aire acondicionado y casi siempre lo hacíamos de noche. Para mí era emocionante todo el jaleo de bártulos en la madrugada, la espera, subir las escalerillas y sentarme, ver pasar las luces de las farolas por las ventanillas de cristal, sentir el frío del aire acondicionado que era como si la noche se metiera allí adentro e irme durmiendo bajo la toalla para despertar en otro sitio al amanecer, cuando el autobús bordeaba las aguas cristalinas de la costa.

Mi padre alquilaba una habitación con una cama y literas en el primer piso de una casona antigua. En la parte de abajo vivía la dueña de la casa, una vieja llena de collares de santería que siempre andaba mascando un tabaco tan viejo como ella. A mi madre no le gustaba nada aquella vieja y mi padre se reía desde la ventana cuando la vieja salía al patio con un vaso de agua, salpicaba con unas gotas el suelo de cemento y lo dejaba debajo de la mata de mangos.

No recuerdo por qué se disgustó mi padre con la vieja un día, pero recuerdo lo que hizo para vengarse. Consiguió en algún sitio una pata de gallina y le amarró un trapo rojo. Lo metió todo dentro de una bolsita de plástico transparente y tiró el bulto al patio de la vieja por la madrugada.

La vieja salió por la mañana y se quedó tiesa como una vara de pescar. Cuando reaccionó, cogió la escoba y el recogedor y tiró todo aquello lejos de allí; y luego se puso a echar cubos de agua en el patio como una loca y a santiguarse mientras nosotros nos desternillábamos de risa en el piso de arriba y mi madre regañaba a mi padre por ser tan jodedor.

La vieja estuvo tirando cubos de agua en el patio por las mañanas los quince días que pasamos allí y quién sabe cuantos más. Nosotros esperábamos cada amanecer en la ventana para disfrutar del espectáculo, pero cuando pasábamos junto a la vieja, la saludábamos muy serios y escondíamos la risa adentro. Nunca sospechó que fue mi padre quien le dejó aquel regalito.

E.
(de Memorias del otro lado del mar)