martes, 8 de diciembre de 2015

Beso de besuga


Los labios fritos
los mordí al entrar.

Ella decía ser poeta.

Bostezó y fue a mirarse el ombligo en el techo de la bóveda celeste.

En la entrepierna
llevaba unas escamas largas,
cosidas con hebras de luz
transparentadas de murciélagos.

La besé en los labios de los ojos.

Miraba desde
más allá de sí misma:
pez come aguas.

Estaba rica por dentro y crujiente por fuera.
La piel de pétalos de flor ultramarina.

Me dijo que volviera más tarde.

Bueno,
dijo exactamente:
vuelve cuando la luna naranja rompa el ocaso.

Nicanor Parra