lunes, 20 de junio de 2016

Vida en el agua, de Sarah Holland-Batt


He conocido esos estuarios –
canaletas y canales
que fluyen y giran hacia el Pacífico,
he tocado ligeramente ese lodoso estiércol
sentido el resquemor en la garganta
donde la sal en el aire es la sal de la costa,
me he detenido donde la marea es incompleta:
ni olas grandes ni espuma,
sólo un reflujo que mece a los caminantes –
un destello de plata, el estruendo del mújol
en la noche, cangrejos de fango empujándose
cueva abajo entre planchas de concreto de las rampas –
he merodeado donde las garzas se posan y ensartan
pescadillos en atardeceres verdes,
lanzo trampas para cangrejos en trayectoria libre
para mirar dilatarse las ondas oscuras
seguí barcos camaroneros en mar abierto
regresar lentamente en la madrugada púrpura
luego me senté a la orilla del muelle
y desbullé esos camarones tigre
tiré sus cabezas succionadas adentro de  la oscuridad,
trituré caparazones de mejillón bajo mis pies
para sentir el ardor agudo de la quitina,
caminé donde las rayas eléctricas retozan y reposan,
moviendo su aguijón esperando arponear.
He pasado la mitad de mi vida en mareas bajas –
noches en las que no he sabido
si estoy contrayéndome o expandiéndome otra vez,
donde el movimiento del agua
es el movimiento de mi mente –
interminables vaivenes
de sonidos y confines, esos puntos de entrada
a mis dos continentes – y a mi historia
es la historia de corrientes: un canal suficientemente pequeño
para atrapar una infancia en su red,
agua suficientemente vasta para dividir una vida.