lunes, 5 de septiembre de 2016

Prórroga


Éramos pobres en un país de pobres.
Pedro Juan Gutiérrez

La negrita aquella no tenía donde caerse muerta. Sus padres le daban un vaso de agua con azúcar por la mañana y con eso salía a la calle a buscarse la vida. No iba a la escuela porque era muy bruta. Había repetido sexto cuatro veces y al final sus padres la dieron por perdida y la dejaron a su aire.

Se paseaba por el callejón con la mirada de un perro hambriento y su padre le echaba la bronca desde la azotea cuando venía de la microbrigada.

Yo le daba siempre un pedazo de pan con timba cuando mi padre, cargado de cosas del campo, nos hacía la visita. Ella se ponía contenta como un colibrí. Pero a mi madre no le gustaba que se metiera en casa ni que andara conmigo porque le recordaba que mi padre la había dejado por una negra.

La negrita se pegó a mí como una lapa, creo que por lo del dulce de guayaba, y me seguía a todos lados. Yo no tenía novia en aquella época y la verdad que la negrita estaba buena aunque olía fuerte a negro de no bañarse.

Cuando mi madre no estaba en casa se metía por el patio de atrás y se ponía a restregarse conmigo en la cocina. Un fin de semana nos escapamos a Santa María y estuvimos templando en el mar, lejos de la gente.

A la semana siguiente me empezó una picazón insoportable en los huevos y resultó que estaba lleno de ladillas. Me tuve que afeitar los pendejos y echarme lindano sin que se enterara mi madre porque me mataba.

A la negrita le dije que hiciéramos una prórroga y le aconsejé ir al médico a mirarse los genitales, aunque no sé si me entendió bien. No volví a darle dulce de guayaba y me perdí del barrio una temporada hasta que nos mudamos de allí.

E.