domingo, 21 de mayo de 2017

Día de trabajo


Por aquel entonces yo trabajaba por la Habana Vieja en una oficina de registros que ocupaba parte de un antiguo convento. 

Llegaba muy temprano y me perdía por las calles adoquinadas buscando no sé qué cosa. No encontraba nunca nada, pero antes de sentarme a trabajar, escribía algún poema sobre el mar o sobre callejones iluminados por el sol del amanecer. Eran muy malos. 

Lo primero que había que hacer allí era pasarse una hora ordenando fichas. Era nuestra cuota de trabajo voluntario y como no teníamos otra cosa, las desordenábamos cada día para ordenarlas al siguiente. 

Después del voluntariado, me sentaba a conversar con una rusa que trabajaba con nosotros. Tenía la piel muy blanca, un buen culo y estaba un poco loca. Decía que veía rostros transparentes por las noches, rostros con voces mudas que parecían quejarse en la oscuridad y la dejaban temblando. Yo hubiera querido poner las manos en su culo, pero dejé de hablar con ella porque tenía fijación con los fantasmas. 

A mediodía podías salir al mercadillo de la parte de atrás del convento y comprar fruta.   A veces había que ir allí a buscar a la gente para alguna reunión de trabajo. Iba uno de nosotros, que no tuviera reunión, y se quedaba marcando el turno para los otros. No era indisciplina laboral, era simplemente resolver, acomodar el tiempo para hacer otras cosas después del trabajo, porque podías llegar a casa y tener que salir a buscar agua o un pin-pan-pu para dormir por la noche en la terraza si se iba la luz. 

Eso era trabajar en Cuba entonces, entre apagones y recortes de agua diarios, con una libertad ilimitada para soñar.

E.