martes, 23 de mayo de 2017

El caviar y la cebolla


Un día una amiga del Dipo que tenía el marido en Miami le enseñó lo que era el caviar. Lo hicieron con un poco de cebolla muy picada y luego se pusieron a cocinar tamales, arroz con gris, tachinos y algo de ropa vieja. Se fueron a la cama con la barriga llena y el corazón contento, y estuvieron templando toda la noche.

Al otro día, el Dipo se bajó del camello con tremendas ganas de cagar. Cogió por el Paseo del Prado y cruzó el parque de la Fraternidad para ir a parar a la cafetería de la esquina. Allí no había baño, pero una rubia impresionante espantaba a las moscas del mostrador con un trapo viejo. El Dipo apretó el culo y sonrió a la rubia: -¿me das un vasito de agua? La rubia no contestó, dio media vuelta y sacudió su impresionante trasero frente a los ojos alucinados del Dipo. Él no pudo contenerse y le soltó: ¡mami, si cocinas como caminas, me como hasta la raspita!. La rubia lo miró sonriente y le dio el vaso de agua. El Dipo se lo tomó y salió pitando.

Pasó frente al hotel Inglaterra. Sabía que no aguantaría mucho más. Miró al portero a los ojos y le dijo: -Mira compadre, me estoy cagando y no puedo más, ¿me dejas pasar al baño? El portero, un negro de uno noventa, lo miró con la cara ladeada y le dijo: pasa asere, al fondo a la izquierda.

El Dipo cagó como nunca había cagado en su vida. Entró a un baño con suelos de mármol y olor a rosas. Se sentó en una taza limpia y descubrió impresionado que había papel sanitario a su derecha. Era un papel suave, azul, con el que daría gusto limpiarse. Cuando lo hizo, se sintió como un niño y empezó a preguntarse cómo haría para descargar aquel baño. Había un botón grande en la pared que decía PUSH. Como sabía algo de inglés, pulsó el botón y un par de submarinos iniciaron su viaje hacia un mundo que el Dipo imaginó más feliz que el suyo.

Luego quiso lavarse las manos, tenía que probarlo todo antes de marcharse, pero no encontraba llaves por ningún sitio del lavamanos. Sin darse cuenta dejó las manos un minuto bajo la pila y brotó un chorro de agua templada.

Salió de allí como de un sueño. Pasó junto al portero y le dijo: ¡Qué bien viven los que no son de este país, compadre! El negro se rió y le extendió la palma de la mano. El Dipo miró pa' arriba de reojo. No tuvo más remedio que sacarse unos pesos del bolsillo.

E.