jueves, 25 de mayo de 2017

La pata de gallina


Mi padre nos llevaba a Varadero de vacaciones una vez al año. Era la época en la que Varadero no estaba abarrotado de hoteles y extranjeros, la época en la que mis hermanas no estaban casadas aún, en la que aún mis padres no se habían divorciado y en la que yo era un muchacho inocente y feliz.

El viaje era de unas cinco horas en un autobús interprovincial con aire acondicionado y casi siempre lo hacíamos de noche. Para mí era emocionante todo el jaleo de bártulos en la madrugada, la espera, subir las escalerillas y sentarme, ver pasar las luces de las farolas por las ventanillas de cristal, sentir el frío del aire acondicionado que era como si la noche se metiera allí adentro e irme durmiendo bajo la toalla para despertar en otro sitio al amanecer, cuando el autobús bordeaba las aguas cristalinas de la costa.

Mi padre alquilaba una habitación con una cama y literas en el primer piso de una casona antigua. En la parte de abajo vivía la dueña de la casa, una vieja llena de collares de santería que siempre andaba mascando un tabaco tan viejo como ella. A mi madre no le gustaba nada aquella vieja y mi padre se reía desde la ventana cuando la vieja salía al patio con un vaso de agua, salpicaba con unas gotas el suelo de cemento y lo dejaba debajo de la mata de mangos.

No recuerdo por qué se disgustó mi padre con la vieja un día, pero recuerdo lo que hizo para vengarse. Consiguió en algún sitio una pata de gallina y le amarró un trapo rojo. Lo metió todo dentro de una bolsita de plástico transparente y tiró el bulto al patio de la vieja por la madrugada.

La vieja salió por la mañana y se quedó tiesa como una vara de pescar. Cuando reaccionó, cogió la escoba y el recogedor y tiró todo aquello lejos de allí; y luego se puso a echar cubos de agua en el patio como una loca y a santiguarse mientras nosotros nos desternillábamos de risa en el piso de arriba y mi madre regañaba a mi padre por ser tan jodedor.

La vieja estuvo tirando cubos de agua en el patio por las mañanas los quince días que pasamos allí y quién sabe cuantos más. Nosotros esperábamos cada amanecer en la ventana para disfrutar del espectáculo, pero cuando pasábamos junto a la vieja, la saludábamos muy serios y escondíamos la risa adentro. Nunca sospechó que fue mi padre quien le dejó aquel regalito.

E.