lunes, 29 de mayo de 2017

Ronquidos


Mi madre roncaba todas las noches.

La casa donde nací era una casa muy larga con las habitaciones al fondo. Los ronquidos de mi madre se escuchaban desde el recibidor, y, a medida que te sumergías en la casa, te ibas adentrando en el profundo ronquido de mi madre que lo llenaba todo.

Mi padre también roncaba, pero al lado de mi madre sus ronquidos eran como el maullar de un gato junto a un tigre.

Mi madre tenía una forma curiosa de roncar. Ponía la cabeza sobre la almohada y a los cinco minutos ya estaba roncando. Empezaba despacio y bajito, pero poco a poco iba aumentando la frecuencia y el volumen hasta convertirse en algo atronador que retumbaba en las paredes y los techos, y deambulaba por la casa como un animal nocturno. Mi madre se despertaba asustada en el punto culminante y volvía a empezar de nuevo.

Una vez grabamos su ronquido y se lo pusimos cuando estaba despierta. No se lo podía creer y estuvo todo el día enojada.

Cuando se separó de mi padre, yo me vine a dormir con ella para calmarla. Sus ataques de asma también eran un círculo progresivo. Se asustaba y le subía la presión arterial, esto le provocaba un ataque de asma, con lo que se asustaba más y le volvía a subir la presión, hasta que algún resorte en su cerebro desconectaba el circuito.

Yo aprendí a dormirme primero. Yo también roncaba, pero mis ronquidos no eran un problema para ella.

E.