domingo, 18 de junio de 2017

Al salir de clase


Yo jugaba con los mataperros de mi cuadra de pequeño. Estábamos todo el día en la calle después de clases, jugando a las bolas o a los trompos, y por la noche nos íbamos de ronda por el parque de la iglesia a darles nalgadas a las muchachas y echarnos a correr.

Había un negrito y dos jabaos que eran la candela. Eran mayores que yo y me tenían de recadero. Una vez haciendo el tonto al ir a recoger un tirapiedras que había ido a parar al medio de la calle, metí la oreja entre la cadena y la catalina de una bicicleta que pasaba por allí. Ellos se morían de risa y yo no comprendí hasta que vi a mi madre gritando. Entonces me miré el lado izquierdo por donde caía un chorro de sangre hasta la acera y me puse a llorar. Me pegaron la oreja como pudieron en el hospital del pueblo y anduve todo un mes castigado, sin salir a jugar a la calle. 

Cuando me quitaron la venda de la oreja el negrito se quiso hacer el gracioso conmigo en el aula. Me llamó muengo y se cagó en mi madre. Quedamos a la hora de la salida para fajarnos.

Yo nunca me había fajado con nadie. Me costaba sacar la rabia suficiente para golpear a otro niño en la cara, pero acudí a la cita a ver qué pasaba. 

El negrito se paró frente a mí y me mentó la madre. Yo pensé en algo que me incitara a golpearle. Me acordé del chorro de sangre cayendo por mi hombro, de mi madre gritando y de aquel imbécil que se reía al otro lado de la calle. Le solté un piñazo en plena jeta que lo dejó atontado. Cuando se repuso, comenzó a llorar y arremetió contra mí. Nos revolcamos en un amasijo de manotazos, patadas y malaspalabras hasta que el maestro de quinto nos separó. 

Fue una experiencia que tuve que repetir alguna vez más para hacerme respetar en la escuela. Encontrar la furia era la parte más difícil.

E.