lunes, 12 de junio de 2017

El rincón de la abuela


Mi abuela tenía una casa independiente dentro de la casa donde nací.

Era una viejita laboriosa que siempre tenía todo limpio y disfrutaba arreglando su jardín. Yo la ayudaba a muchas cosas y, cuando la enredadera del patio crecía demasiado, me lo pasaba de lo lindo cortando hojas a diestro y siniestro.

La casita de mi abuela estaba al fondo del pasillo. Tenía una habitación y un salón-comedor-cocina que daban a su patio, colindante con el nuestro. Los patios estaban separados por un muro y desde ese muro se subía al tejado de la casa. Yo tenía que velar a mi abuela para subirme, porque si me veía se lo decía a mi madre o a mi padre y me tocaba una buena con la chancleta.

Mi abuela tenía un árbol de navidad que ponía todos los años dos meses antes y lo quitaba dos meses después. Yo era el encargado de ponerle las luces. Me encantaba eso de enganchar cables y bombillas, y había descubierto que con un encendedor de fluorescente se podía hacer el efecto de la intermitencia.

Cuando llegaba la navidad yo me escondía allí y mi abuela me enseñaba salmos. A mi padre no le gustaba mucho. Tal vez por eso era divertido.

El mejor recuerdo que guardo de mi abuela era cuando se quedaba dormida en su balancín, escuchando las lecturas bíblicas de la radio. La voz del lector venía de muy lejos, del otro lado del mar y la envolvía en una brisa ligera. El rostro de mi abuela se balanceaba en aquella brisa con una sonrisa llena de paz.

E.