domingo, 25 de junio de 2017

La Loma del Burro


Tomando el camino del parquecito, hay un solar que tiene en el fondo hierba alta. Un lugar muy común, que no aportaría nada a la experiencia del viajero si no fuera por los recuerdos que abriga desde que vio el parque infantil, y que lo lanzan contra el ardor de una montaña imaginada. Cruzando la hierba calurosa en pos del riachuelo, se llega a una sombra maloliente y dulce, con un caminito de piedras que parece un puente de papel. Se llega, contra toda esperanza, muy fácilmente al otro lado y, un poco más allá, el vientre de la loma abre sus bocas artificiales hacia el viajero del mar. Te topas con un brujo negro que no parece verte ni ser visto. Caminas hasta el borde de la visión buscando una subida. La encuentras. Te topas con otro negro que, no sabes bien por qué, se parece tanto al que viste hace poco, pero no, no puede ser el mismo. Subes sin detenerte. Llegas a la soledad prometida, sin marcos ni puertas que desear, sin árboles ni pajaritos, sino solamente tú y la ciudad, abierta frente al cielo como un ojo de agua.

E.