viernes, 16 de junio de 2017

Lágrimas negras


Ese día habíamos estado comiendo mucho y a mamá le dio su último ataque de asma.

Se puso muy nerviosa y el inhalador no le hacía nada. Empezó a decir las bobadas de siempre: que se moría, que cuidara de mis hermanas y cosas así. Yo siempre intentaba tranquilizarla pasándole la mano por la espalda y hablándole bajito, pero ese día me puse furioso y le grité que sí, que si seguía así sí que se iba a morir.

Se puso peor y me dijo que corriera a casa del vecino a ver si podía llevarnos al médico en su carro. Mena sacó su Chevrolet del 53 a toda leche y nos fuimos al hospital. Yo me puse detrás con mi madre entre los brazos tratando de calmarla, pero no se calmaba. Empezó a ponerse azul y a mitad de camino dejó de respirar.

Cuando llegamos al hospital costó sacarla del coche. Luego se pusieron a hacerle todo tipo de cosas: la desnudaron, le clavaron una aguja en el cuello y empezaron a darle golpes en el pecho. Yo miraba todo ese absurdo con desgana porque sabía que mi madre ya no estaba en aquel pesado cuerpo, se había ido ligera de equipaje al lugar que tanto mencionaba en sus cantos.

Me fui afuera y me senté en la escalinata con una sensación extraña en el pecho, pero no lloré. Miré al cielo y le desee buen viaje a donde quiera que hubiese ido.

Luego vino el velorio, el entierro y toda la parafernalia que se monta entorno a la muerte de un ser humano, con gente llorando, rollos familiares y demás. Yo no tenía ganas de llorar, así que no lo hice.

A los tres días de aquello, estaba en la barbacoa y me di cuenta de que todos los conflictos entre mi madre y yo se habían acabado. También me di cuenta de todo el cariño que me había dado y de lo mucho que la extrañaría. Entonces lloré en silencio sin parar durante tres horas seguidas.

Luego me duché y me fui a dar una vuelta por las calles que mi madre y yo recorríamos juntos, a veces, al atardecer.

E.